Es gracioso, simpático y funcional este recurso de inventarse un nombre propio para designar a lo que en términos matemáticos sería una variable de valor desconocido o, desde otra perspectiva, un conjunto vacío. Fulano es cualquiera, uno, un ente indefinido, x, un individuo anónimo que cada vez hace y dice menos cosas, es cierto, porque la expresión está quedando quizás un poco en desuso. Ahora se utiliza más lo de “un menda”, lo cual no me hace ninguna gracia dada la semejanza fonética del incógnito susodicho con mi propio apellido. Parece ser que lo de menda procede del caló, y es el dativo del pronombre personal de primera persona. O sea, traduciéndolo, “a mí” o “para mí”. Qué se le va a hacer.

En primer lugar hay que decir que, hechas las pertinentes consultas, parece ser que fulano proviene del árabe ‘fulan’, que significa “un tal”. Uno tiende a pensar que, vista y comprobada la etimología, ya lo hemos solucionado todo y ya está todo dicho. Podemos descansar a la bartola, dado que ya sabemos su origen, que cuadra perfectamente y que está todo claro. Punto pelota (que se dice ahora). Pues ni hablar. A mí eso no me dice casi nada. Ha habido otras palabras árabes, etruscas, persas, latinas, germánicas o bretonas que podían haber sido el origen de un concepto semejante. Para eso hay toda una inconmensurable babel en pleno funcionamiento. No, el asunto es entender que si disponemos plenamente de una palabra (sea el que sea su remoto origen), si podemos utilizarla es porque, en todo caso, continúa desempeñando su función semántica aquí y ahora. Es decir, que si se mantiene en uso es porque sus sonidos siguen provocando en nuestro moderno cerebro determinadas y específicas imágenes mentales, que su conformación fonética se engrana y se articula perfectamente en el interior de ese sistema tan vivo y tan complejo que llamamos idioma. Si no ha desaparecido el término de nuestro cotidiano y común inventario (como ha sucedido con otros tantos miles) es porque está renaciendo una y otra vez. Lo generamos y lo mantenemos cada vez que lo pronunciamos o lo escribimos. Buchipluma no. Buchipluma no ha soportado los cambios y la evolución de nuestro habla. Murió. No importa cuál sea su noble origen. Ya no lo utilizamos para referirnos a una ‘persona que promete pero no cumple’. Allá tiene su tumba, en los más sesudos diccionarios, con ese “ant.” (de antiguo) en lo alto, su R.I.P. correspondiente. ¿Acaso podemos afirmar panchamente que conocemos a fulano solo porque nos han contado que es hijo de mengano? Ni hablar.
Pero, aprovechando la coincidencia de las palabras usadas en el anterior razonamiento con el asunto que da título a este artículo, sigamos con nuestro tema y disculpen esta digresión más o menos apasionada.
Decíamos que fulano no es un término tan afectuoso como menda. No hay más que ponerse a estudiar los sonidos que lo componen. Veamos: ful es un adjetivo que significa ‘falso, fallido’. Fullería es ‘trampa, engaño, astucia’. Fulastre y fulero son lo mismo que ‘chapucero’. Entre fulastre, por ejemplo, y fulano -a, no hay demasiadas diferencias sustanciales. Cambia la terminación. Porque ese –ano o -ana es lo que hace, por una parte, que el término parezca un nombre propio: Mariano, Domiciano, Valeriana, Justiniano, Aureliano (aunque algo antiguo, es cierto) y a su vez es un ‘sufijo de adjetivos que significa procedencia, pertenencia o adscripción: murciANO, aldeANA, franciscANO.’ No da, pues, la idea de que sea alguien muy de fiar ese fulano, así constituido. Es directamente un ful con nombre propio y/o es un personaje cualquiera de la región de ful o del colectivo de ful o de la congregación de ful. Vaya usted a saber.
Con fulana, así, en femenino, ya ni te cuento. Porque si se puede afirmar que un fulano es ‘uno cualquiera’, y lo cosa no va mucho más lejos, también se puede afirmar, impepinablemente, que una fulana es ‘una cualquiera’, y eso, por la extraña magia descaradamente machista del lenguaje y del que lo usa, la convierte en ‘puta’.
Pues bien, habrá que constatar que para el español, el otro, el desconocido, ese señor x que usamos para que haga de sujeto anónimo en la narración de nuestras acciones (tal que figurantes o actores de relleno mal pagados), aquél que teníamos sentado en la mesa de al lado en el café, aquél otro que estaba delante en la cola del teatro, siempre posee connotaciones despectivas. Como primera medida y por si acaso.
No parece que funcionen igual los norteamericanos, que hasta le ponen un nombre y un apellido al figurante (con mayúsculas y todo): John Doe. John Doe es el equivalente al “uno cualquiera” nuestro, al hombre anónimo. Y Jane Doe a la mujer anónima, y no sé si tiene tintes peyorativos, pero supongo que no. A mi me suena muy digno. Porque cuando hay que rellenar una ficha en un hospital, por ejemplo, que de fe de defunción de un tipo desconocido e indocumentado, escriben en el papel así: John Doe. Lo cual es una trampa mortal para los malos traductores de novelas de serie negra, porque es el nombre que le adjudican al pobre muerto que, por su torpeza y en ese mismo instante, deja ya de ser un cadáver anónimo.
Los franceses no tienen un término para este ser indeterminado. ‘Un tel’, ‘une telle’, y basta. Pero nuestro palabro fulano debe de sonarles a ellos también un poco ful, porque foule es ‘gentío’, ‘multitud’ y fou es ‘loco’.
Pero no sigamos buscando en los idiomas extranjeros. Todavía nos quedan algunas palabras por aquí para enfrascarnos en ellas. Mengano, por ejemplo. Lo primero es decir que mengano no suele ir solo. Siempre va detrás de fulano, que le va abriendo paso. Si no está fulano, mengano no aparece. Un segundón, vamos. Y zutano ya no digamos: un tercerón.
Mengano también tiene una etimología bastante clara: viene del árabe man kan, que significa ‘quien sea, cualquiera’. Buscamos Menga en el Diccionario de la Real Academia, y viene. Dice que es el diminutivo del nombre de mujer Dominga. Y aporta esta frase popular: ‘¿si encontrará Menga cosa que le venga?’ Una mujer insatisfecha, desde luego. El masculino parece que es Mingo, y ha quedado también en los anales de las cuquerías expresivas (maravillosas, siempre): ‘más galán que Mingo’. Además, mingo, sin mayúscula inicial, es el nombre de la enorme bola de marfil con la que se tira en el juego del chapó, en una inconmensurable mesa de billar con troneras como la que hasta hace poco estaba disponible en el Círculo de Bellas Artes, y en la que yo mismo he tenido el placer de jugar con adorables y veteranos camaradas. Tampoco es de desdeñar la evidente afinidad de mengano con mengua, y por lo tanto con menguado. ¿Será que es que el segundón es muy bajito? Pero, atención, hay en mengano, aparte de estas dos posibles referencias a ocultos nombres propios (Dominga y Domingo), otra raíz vecina mucho más inquietante: mengue, o sea, el diablo. Y es que cuando menos te lo esperas aparece el diablo por cualquier esquina, disfrazado de pequeño individuo sin nombre, oculto en las carnes de un menda seguramente anodino o de un inofensivo mengano.
De Zutano no vamos a hablar mucho, por ser tan reservón y tan necesitado de que le precedan sus dos inseparables y misteriosos amigos. Y, sintiéndolo mucho, de esos otros aún más lejanos parientes, perengano y perencejo, nada. Son ya legión para que entren en este tan exiguo artículo. Tampoco nos cabe por la puerta ese otro tal, el conocido como ‘Perico el de los Palotes’, que es también de la cada vez más extensa pandilla de los cualquiera. Venga, que pase Zutano, pero ni uno más.
El tipo viene con unas referencias (DRAE) que nos dicen que su padre era ‘citano’, del latín scitus, ‘sabido’. Bien. Pues eso: ya se sabe, un supuesto otro, un otro más. Que entre y que se tome algo a nuestra salud. Zurullo y zullón son palabras graciosas que ustedes mismos pueden consultar para saber en qué barrios vive el tal zutano. Pero... ahora, para rematar, perdonen la absoluta digresión, la salida del tiesto que me voy a marcar, porque, aunque no tenga nada que ver con todo esto, no puedo dejar de transcribir esta maravillosa palabreja con la que me acabo de topar:
zurupeto: ‘1. Corredor de bolsa no matriculado. 2. Intruso en la profesión notarial.’ Se la regalo a usted lector, lectriz, de todo corazón, para su uso más íntimo y personal. Siempre habrá algún querido y viejo compañero–a de trabajo que merezca, por unos instantes y en la solapa, que se la prendan. Aunque sea usted auxiliar administrativo o conductor de autobuses y quede por ahí algún improbable sabiondo que le acuse de insultar sin propiedad.
Mengano también tiene una etimología bastante clara: viene del árabe man kan, que significa ‘quien sea, cualquiera’. Buscamos Menga en el Diccionario de la Real Academia, y viene. Dice que es el diminutivo del nombre de mujer Dominga. Y aporta esta frase popular: ‘¿si encontrará Menga cosa que le venga?’ Una mujer insatisfecha, desde luego. El masculino parece que es Mingo, y ha quedado también en los anales de las cuquerías expresivas (maravillosas, siempre): ‘más galán que Mingo’. Además, mingo, sin mayúscula inicial, es el nombre de la enorme bola de marfil con la que se tira en el juego del chapó, en una inconmensurable mesa de billar con troneras como la que hasta hace poco estaba disponible en el Círculo de Bellas Artes, y en la que yo mismo he tenido el placer de jugar con adorables y veteranos camaradas. Tampoco es de desdeñar la evidente afinidad de mengano con mengua, y por lo tanto con menguado. ¿Será que es que el segundón es muy bajito? Pero, atención, hay en mengano, aparte de estas dos posibles referencias a ocultos nombres propios (Dominga y Domingo), otra raíz vecina mucho más inquietante: mengue, o sea, el diablo. Y es que cuando menos te lo esperas aparece el diablo por cualquier esquina, disfrazado de pequeño individuo sin nombre, oculto en las carnes de un menda seguramente anodino o de un inofensivo mengano.
De Zutano no vamos a hablar mucho, por ser tan reservón y tan necesitado de que le precedan sus dos inseparables y misteriosos amigos. Y, sintiéndolo mucho, de esos otros aún más lejanos parientes, perengano y perencejo, nada. Son ya legión para que entren en este tan exiguo artículo. Tampoco nos cabe por la puerta ese otro tal, el conocido como ‘Perico el de los Palotes’, que es también de la cada vez más extensa pandilla de los cualquiera. Venga, que pase Zutano, pero ni uno más.
El tipo viene con unas referencias (DRAE) que nos dicen que su padre era ‘citano’, del latín scitus, ‘sabido’. Bien. Pues eso: ya se sabe, un supuesto otro, un otro más. Que entre y que se tome algo a nuestra salud. Zurullo y zullón son palabras graciosas que ustedes mismos pueden consultar para saber en qué barrios vive el tal zutano. Pero... ahora, para rematar, perdonen la absoluta digresión, la salida del tiesto que me voy a marcar, porque, aunque no tenga nada que ver con todo esto, no puedo dejar de transcribir esta maravillosa palabreja con la que me acabo de topar:
zurupeto: ‘1. Corredor de bolsa no matriculado. 2. Intruso en la profesión notarial.’ Se la regalo a usted lector, lectriz, de todo corazón, para su uso más íntimo y personal. Siempre habrá algún querido y viejo compañero–a de trabajo que merezca, por unos instantes y en la solapa, que se la prendan. Aunque sea usted auxiliar administrativo o conductor de autobuses y quede por ahí algún improbable sabiondo que le acuse de insultar sin propiedad.