21/7/13

(1) Sobre lenguaje y sexismo


Antes de entrar, bisturí en mano, a retocar y recomponer el idioma a nuestra satisfacción y con cierta pretensión de omnipotencia (la que solemos adoptar como pequeños demócratas en tanto que “usuarios con derechos” en casi todas las actividades donde nos dejan figurar), quizá deberíamos sospechar al menos que cosas tan antiguas y tan importantes como la lengua puede que escondan en su seno, en su estructura, su propia coherencia y consistencia. Una estructura tan compleja y tan esencial en la configuración primigenia e histórica de eso que hemos dado en llamar la Humanidad, con potentes anclajes arcánicos y genéticos pre-natales [1], no debería ser manipulada así como así, por ninguna decisión de grupo de presión, de comité, académica o gubernamental. Como sabemos por tristes y malhadadas experiencias que tampoco se puede alterar a capricho o por momentánea conveniencia el equilibrio biológico de un ecosistema, o sea el manoseado tema de la inoculación de mixomatosis contra el exceso de conejos, la repoblación lucrativa de eucaliptos, o la invasión descontrolada del cangrejo de río.

Se trata, según mi parecer, de buscar las leyes lógicas que uno pensaría que deben de funcionar de modo autónomo en una estructura tan profundamente anclada en nuestro funcionamiento pensante, tan compleja, y en el fondo tan difícil de manipular como es la lengua, antes que sospechar que se ha dejado manejar por intereses machistas o de cualquier otro tipo.

Así, yendo a la cuestión, me atrevo a plantear que quizá la tan discutida norma de que en español, “en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos” [2], puede que tenga su razón de ser dentro de la estructura interna de nuestra lengua, más allá de la influencia o imposición de una lógica, una moral y una estética patriarcal que, indudablemente, han existido y aún existen en nuestra sociedad.

Veámoslo. Tomo cualquier noticia del diario El País de hoy (“La reforma sanitaria de Obama llega al Tribunal Supremo”), y extraigo un fragmento al azar: “El sistema propuesto por Obama descansa en el principio de que los sanos comparten gastos con los enfermos ante la probabilidad altísima de que los primeros también necesitarán algún día asistencia sanitaria.” Está claro que sería totalmente inoperante, farragoso, absurdo, y sobre todo impracticable, tener que definir los géneros de todos los términos actuantes en un nivel de abstracción en el que todavía no se necesita particularizar.

Lo femenino como categoría de lo arquetípico
Es evidente que al hablar, en nuestro cerebro se establecen oposiciones significativas en diferentes grados de abstracción. En un nivel de abstracción superior a aquel en que se produce la necesidad de diferenciación de identidad sexual, en un plano de significación más allá del uso de los sujetos particulares, e incluso de la acción, tal vez esté dispuesto desde tiempos inmemoriales que aquello que corresponde al establecimiento de la máxima categoría, al concepto global, tendría el género femenino como norma, en tanto que lo particular, lo concreto, lo específico (el espécimen) de cualquiera de estas categorías se expresaría de forma aún indefinida en género masculino. Algo así como la distinción que podríamos percibir entre la línea/el trazo, la acción/el gesto, la facción/el rasgo.

No sé si esta ley (que planteo como hipótesis) puede ser aplicada a otros idiomas, o incluso, en sus orígenes, al lenguaje hablado en general (el problema me supera y me produce vértigo), pero en español se puede observar en un altamente significativo número de casos. Es muy visible con respecto al femenino como asunción de la categoría abstracta superior.

Incluye prácticamente todas las Ciencias clásicas y no tan clásicas, así como sus múltiples ramas: la física (la mecánica, la termodinámica, la f. cuántica, la astronomía…), la biología (la citología, la histología, la anatomía, la bioquímica, la fisiología…), la filosofía (la lógica, la ética, la estética, la metafísica…), la retórica, la geografía, la matemática, la química, la medicina, la geología, la antropología, la economía… Hasta las más modernas: la numismática, la egiptología, la estadística, la epistemología, la genética, la informática… Y entre ellas, sin excepción, aquellas conformadas por sufijos del tipo: -METRÍA, -LOGÍA, -GRAFÍA, -LATRÍA, -TROPÍA, -SOFÍA, -NOMÍA

Las Artes: la poesía o la poética, la música, la pintura, la arquitectura, la literatura, la escultura, la dramática o dramaturgia (el teatro es el lugar donde se desarrolla), la retórica, la fotografía, la cinematografía…

Instituciones
políticas y sociales: la administración, la organización, la educación (la instrucción, la enseñanza, la tutoría, la didáctica, la pedagogía, la docencia, la divulgación…), la cultura, la sanidad, la universidad, la banca, la religión, la legislación, la judicatura, la policía, la milicia…

Formas de gobierno
: la aristocracia, la monarquía, la república, la teocracia, la tiranía, la anarquía, la oligarquía, la democracia…

Emociones humanas
, categorías de estados, de cualidades y sentimientos arquetípicos, de potencialidades…, (incluidos los clásicos pecados y las virtudes: la envidia, la lujuria, la ira… la prudencia, la justicia, la templanza…), la tristeza, la paciencia, la angustia, la esperanza, la melancolía, la fe, la vergüenza, la disciplina, la apatía, la serenidad, la camaradería…, conceptos globalizadores conformados por:
·   Los más de 1.700 términos diversísimos acabados en -ÍA o en -IA y relacionados con todo tipo de sustantivos y adjetivos: la villanía, la falacia, la miseria, la poligamia, la enciclopedia, la comedia, la alegría, nombres de territorios y países: Galicia, Iberia, Alemania, Hungría, Eslovaquia… Desglosándolos, se incluyen en esta lista todos los acabados en -ICIA (nombres abstractos y de cualidad o de acción): la pericia, la codicia, la estulticia; más los que dan idea de colectivo acabados en -LIA : la familia, la Biblia (conjunto de libros), la filatelia…; más los 721 terminados en -ERÍA, formante de nombres abstractos de abundancia, cualidad, conjunto o lugar donde está, se hace o se vende: la palabrería, la galantería, la conserjería… y los establecimientos públicos: la zapatería, la carpintería, la cafetería…); más los que llevan el sufijo -NCIA (532) para formar nombres de acción o de actitud: la abstinencia, la agencia, la anuencia, la benevolencia, la docencia, la elegancia, la apariencia, la insolencia, la procedencia, la violencia, la distancia…, cargo o dignidad: la presidencia, la regencia…, o nombres de cualidad: la prudencia, la correspondencia, la vivencia…; o acabados en -ANZA (127): la confianza, la enseñanza..., o de conjunto: la mezcolanza.
·   Los más de 1.000 acabados en -AD, para categorización de nombres y adjetivos: la normalidad, la ebriedad, la amistad, la bondad y la maldad, la verdad… la dificultad, la libertad, la potestad…
·   Los más de 400 acabados en -EZ o en -EZA:  la absurdez, la rigidez, la grandeza… (genéricos de adjetivos)
·   Los  numerosísimos nombres de acción (es decir, en relación con la categorización de verbos), terminados en el sufijo -IÓN (2.600): la cicatrización, la consolidación, la alimentación, la penalización, la composición, la estabilización… Entre ellos los términos de dignidad o cargo, designando impersonalmente a quienes los desempeñan: la inspección, la representación, la dirección, la legación, o lugar donde se realiza determinada actividad: la fundición…
·   Más de 800 términos acabados en -URA ­con el que se forman artes, actividades prototípicas, formas organizativas, cualidades: la pintura, la agricultura, la hermosura, la estructura…; nombres genéricos de cosa hecha: la confitura; o de utilidad… la abreviatura, la envoltura…; globales de verbos: la andadura, la añadidura, la hechura…, nombres de efecto, de utensilio, de residuos, o de verbos hipotéticos: la metedura, la barredura, la botonadura.
·   Terminados en -ADA : ­sufijo de más de 1.000 nombres autónomos (no participios) de categorización de nombres de abundancia o de contenido con plenitud: la cucharada, la panzada, la riada. A veces, con significado despectivo: la alcaldada, la judiada, la trastada. Nombres con la idea de conjunto, composición o ampliación: la vacada, la llamarada. De comida genérica: la ensalada, la fritada, la limonada. De periodo: la temporada, la otoñada, la invernada.
·   -MENTA o -MIENTA: ­nombres que designan conjunto o clase: la vestimenta, la cornamenta, la impedimenta, la herramienta…
·  Acabados en -DURÍA, nombres de acción, de lugar en que se hace, de empleo...: la pagaduría, la teneduría, la curtiduría, la freiduría...
·   -INA : nombres de relación: la marina, la rutina, la disciplina (de discípulo)..., o que equivalen a serialidad: la cachetina, la azotaina, la degollina...; o de insistencia o intensidad: la regañina, la corajina…
·   Los nombres del lugar en que existe, se produce o se guarda la cosa expresada por el nombre primitivo, terminados en -ERA : la cantera, la escollera, la almagrera, la calera, la carbonera, la lechera, y nombres de conjunto: la sesera. (Estos, aunque tienen un más bajo nivel de categorización, son referencias de globalidad en su ámbito de concreción.)

Esto es sólo ateniéndonos a la formación de sustantivos femeninos mediante los sufijos que hemos visto y otros que aún no he rastreado. Pero hay toda una inmensa nube de términos dispersa a lo largo y ancho del diccionario que poseen ese grado de abstracción y que no necesitan este tipo de desinencias adaptativas: la fe, la luz, la guerra, 
la paz, la vida, la muerte, la salud, la calma, la fuerza...
 

En fin, sería interminable. Pero todas ellas con esa característica común de constituir globalidades, estamentos, ámbitos, estados, elementos contenedores, amplificados o seriados, y de forma abstracta, impersonal, no particularizada.

Como muestra significativa, reforzadora de esta hipótesis, el DUE [3], el prestigioso diccionario María Moliner, para clasificar las entradas y, en su versión digital, para las búsquedas avanzadas, utiliza siete grandes categorías, con sus diferentes subcategorías: etimología, geografía, especialidad, categoría gramatical, registro y valoración y otras categorías. La categoría "especialidad", es decir, el inventario de referencias que indican a qué ámbito de la actividad humana o de los saberes pertenece cada palabra (si cabe ser incluida en alguna de ellas) y que aparecen señaladas al principio de la definición con sus correspondientes abreviaturas, contiene exactamente este listado:
aeronáutica, agricultura, apicultura, arquitectura, artes gráficas, astrología, biología (biología, botánica, zoología), cantería, carpintería, caza (caza, cetrería), cinematografía, construcción, deportes (equitación, esgrima), derecho, dibujo, economía, escultura, farmacia, filosofía, física (astronomía, electricidad/electrónica, óptica), fortificación, fotografía, geología (geología, mineralogía), heráldica, informática, lingüística (fonética/fonología, gramática), literatura (literatura, métrica), lógica, marina, matemáticas (matemáticas, geometría), medicina (anatomía, cirugía, fisiología, psicología/psiquiatría), metalurgia, meteorología, milicia (milicia, artillería), minería, mitología, música, pintura, química, radiodifusión, tauromaquia, televisión, teología, topografía, veterinaria.
Pues bien, excepto tres (deportes, derecho y dibujo), las 63 categorías restantes son del género femenino. Deportes es una mera colección de actividades deportivas (supongo que hubo académicos que practicaban apasionadamente equitación y esgrima), sin significar una real conceptualización. Y en realidad derecho podría o debería quizá ser sustituido por justicia, jurisprudencia o legislación. Y dibujo por gráfica o ilustración, que son más genéricas.

Lo masculino como agente y oficiante
Así, sostengo que se trata de una ley pre-gramatical tan netamente establecida en nuestra estructura lingüística y oratoria que si tuviéramos que inventar el nombre abstracto referido a la desconocida (e inexistente) acción de ‘somilar’, por ejemplo (verbo inventado), o a ‘el somilo’ y ‘la somila’ como nombres propios, o a 
somil como adjetivo, diríamos seguramente la somilación (acto), y la somilatura (actividad), la somilez (cualidad), la somilancia o somilanza (efecto), la somilía o la somilidad (cualidad, esencia) o la somiladuría (lugar de actividad), la somilada (de abundancia o de temporada) o la somilera (almacén o recipiente).
Aquí viene la parte espinosa. Porque se puede argüir que también disponemos de formas de conceptualización en masculino: el somilamiento, el somilor, y en un grado mucho menos relevante, el somilado (dignidad o jurisdición), el somilio (lugar de ejercicio), el somilaje (de ponderación y acumulación)…

Lo que sucede es que los nombres de acción en masculino, fundamentalmente los que terminan en -MIENTO (más de 1.200), más que expresar un concepto genérico, fijo y permanente, global e inalcanzable (como sucede con los términos femeninos), representan un proceso, es decir, la expresión pura de la actividad que indica el verbo del que proceden. Están en un nivel de abstracción más próximo al de la acción, impregnados de su dinamismo en razón de su mayor cercanía al momento en que transcurre el hecho o el suceso que se cuenta. Para mí son una especie de “cristalización” o representación nominal del gerundio.

Se percibe muy bien esta diferencia cuando estudiamos casos en que disponemos de las dos variantes, la masculina y la femenina. Por ejemplo:
el poblamiento – la población
El poblamiento es la acción de poblar, mientras que la población es el lugar ya poblado, lejano en el tiempo a la acción, o mejor dicho, independiente de ella.
el recibimiento – la recepción
Aquí sucede algo semejante. El primero hace referencia a un proceso, en cambio la segunda es ya un concepto puro, o como mucho una acción acabada (una vez que se haya recibido lo que sea), o una dependencia, o una ceremonia, o una fiesta de etiqueta.
el profanamiento – la profanación
Ídem. Profanamiento es el acto, profanación la noción en toda su potencia. Hay en la segunda una mayor abstracción.

Donde más claramente se comprueba es en:
el (a)justiciamiento – la justicia
Justiciamiento y justiciar son términos antiguos que todavía se usan en Latinoamérica.

¿Pero qué decir de otros lemas aparentemente autónomos y sin formas categóricas superiores que aparecen en masculino, como por ejemplo el pensamiento? No tenemos en castellano una palabra femenina para el concepto prototípico contenedor del ‘pensar’. Así y todo, ‘el pensamiento’, aunque también se utilice corrientemente como representación autónoma e impersonal de la idea, (como en “el pensamiento occidental”), mantiene en su sonido las características subjetivas y contingentes, las connotaciones de dinamismo que evoca el sufijo -miento. El francés sí tiene ese nombre abstracto femenino (la pensée), y rebuscando, he encontrado que en sefardí ‘el pensamiento’ se dice la pensada: “Sus ovras orientaron la evolusion de la pensada en el Oksidente” (hablando de Avisena, Farabi, Averroes y otros filósofos) [4]. Luego, es más que probable que en castellano antiguo se utilizase también la pensada, aunque no sabemos por qué ha desaparecido.

(continúa en la entrada siguiente)


[1] Chomsky postulaba la existencia de un dispositivo cerebral innato (el "órgano del lenguaje"), que permite aprender y utilizar el lenguaje de forma casi instintiva. Comprobó además que los principios generales abstractos de la gramática son universales en la especie humana y postuló la existencia de una Gramática Universal. (Wikipedia)
[2] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005) Diccionario panhispánico de dudas, Espasa Calpe, Madrid
[3] Diccionario de Uso del Español. Edición electrónica. (Versión 2.14.1) Si no especifico otra cosa, todas las referencias gramaticales las he sacado de él.
[4] http://www.esefarad.com/?p=20080 

20/7/13

(y 2) Sobre lenguaje y sexismo

Lo mismo podríamos decir de el nacimiento. Su nombre indica proceso, aunque se use de forma mucho más genérica, pues no existe equivalencia superior en femenino (‘natalidad’ se emplea en el sentido de “estadística de nacimientos”, y ‘Natividad’ “se aplica ese nombre solamente a los de Jesucristo, la Virgen y San Juan Bautista”). Sin embargo yo recuerdo que en Extremadura, siendo niño, alguien me preguntó que de dónde era yo de nación. Español, dije. Pero no era eso lo que me preguntaban sino en qué ciudad había nacido. Me quedé perplejo. Lo acabo de encontrar en el DUE: “De nación (pop.). ­De nacimiento”.

También me ha traído loco (especialmente) la palabra amor, término masculino, pues por más vueltas que le daba no encontraba uno de nivel superior en femenino. Los sustantivos terminados en -OR, A (ni más ni menos que 2.446) no tienen mayor problema: son la mayoría flexivos (con masculino y femenino), de nombres de actor o instrumento: el comprador,  el tractor, la desgranadora…  O de cualidad, desde adjetivos: el amargor… Más complicadas me parecían aquellas pocas que no tienen la posibilidad de declinarse en femenino: el dolor, el valor, el candor, el color…, pero todas las que estudié pude comprobar que tienen su correspondiente grado superior en femenino: la dolencia, la valía, la candidez, la coloración… Algunas de ellas, incluso, poseen los dos géneros sin necesidad de añadir ninguna desinencia: la color, la calor (términos que quizá quieren directamente aportar, o que antiguamente aportaban mayor amplitud al concepto [2]). Pero amar, una idea tan noble, tan importante, tan elevada, ¿cómo no disponía de un concepto primordial en femenino? ¿El masculino el amor era el término de mayor nivel evolutivo y arquetípico? La amabilidad no me servía, porque se relaciona con amable; las artes amatorias tampoco, pues son dos palabras. Tuve que recurrir a la imaginación y escribir en un papel las supuestas formas lógicas (¿regulares, podríamos decir?) para ver si existían en el diccionario. Amar – la amancia, la amalía, la amación… ¡Eureka! Amación sí existe: “f. En mística, pasión amorosa.” Y su definición concuerda tanto con mi hipótesis que ha sido relegada a la inalcanzable mística. [1] 

Pero 'amación' parece estar aún muy ligada a la acción, aunque sea dándole una cualidad mística. Por eso he llegado a la conclusión de que 'amor' sería sencillamente femenino en su origen, al igual que "la calor" o "la color" (antiguamente se decían así ), pues comparten esa fisonomía y por lo tanto esas posibles transformaciones. O "el dolor", "el candor", "el rubor"... que se intuye que pudieron ser antiguamente femeninas (habría que buscarlo). De hecho en portugués el dolor es "a dor", en femenino.
El problema es que como 'amor' empieza por a se crea cacofonía con el artículo ("la amor", "una amor") y por eso se conjugaría en masculino, como "el águila" o "el agua", que son femeninas. Solo que en estos casos no se ha olvidado (todavía) que son femeninas, y en la palabra 'amor' SÍ SE HA OLVIDADO. De tal manera que habría que decir, en puridad, "el amor", sí, pero también "las amores" o "la gran amor".
El ladino es una maravilla porque mantiene vivo en la actualidad el castellano antiguo. Y acabo de ver que en sefardí se dice "las amores". "Esta idea me kuadró, porke me akodri ke en la gazeta France Soir, al tyempo, aviya un foyeton intitulado Les amours celebres (las amores famozas) i entre otras istoryas, pasaron muncho tyempo kon los amores del rey David..." (http://www.esefarad.com/?p=9832). También he encontrado este incunable con el título de: "Historia de las amors e vida del cavaller Paris e de Viana." Impresor: Diego de Gumiel. Barcelona, 1497. Catalán antiguo. (http://www.vgesa.com/vgeinc20.html)

En cuanto a el patinaje, el reglaje, el marcaje, el taquillaje y los masculinos terminados en -AJE (más de 250), 
a pesar de que casi todos son nombres de conjunto (el correaje, el andamiaje…), o de atributos (el almacenaje, el pontaje…), o de lugar (el pasaje, el alunizaje, el paisaje…), algunos pueden llevarnos a equívocos, pues sin ser arquetípicos sino procesales, se utilizan como genéricos del máximo nivel: el aprendizaje, el caudillaje, el vasallaje... Los que provienen del francés (garaje, espionaje, coraje, paisaje…, aunque el dato no tiene nada de descalificador para este estudio), aún me parece más evidente su poca consistencia como conceptos abstractos, o al menos al nivel de sus correspondientes femeninos. Son términos en gran medida instrumentales que por lo general destilan temporalidad, instantaneidad incluso. El más abstracto que he visto, el oleaje, el DUE cita así los verbos que lo rigen: “(«Haber, Levantarse, Moverse») ­m. Movimiento de la superficie del agua con formación de olas.” Además resulta que sí existe una correspondencia de mayor abstracción en femenino: la oleada.

Luego, los terminados en -ISMO, como el costumbrismo o el amiguismo, dice el diccionario que son “de adhesión a doctrina o partido”: el abolicionismo, el comunismo, el franquismo…,  y otros de actitud: el fatalismo, el pesimismo, el pacifismo…, pero a mí me parecen que son todos de adhesión a ese tipo de doctrinas que llamamos convicciones prejuiciosas inquebrantables (a la fatalidad, a la negatividad…). Mejor le iría al mundo si no hubiera muchas palabras de este tipo. El problema es que el DUE contabiliza ¡ni más ni menos que 897!

Los sufijos -ARIO, A (el muestrario, el acuario, la beneficiaria) y -ERO, A (el alfiletero, el cenicero, el petrolero),  dan nombres comunes, pues forman nombres directos de acción, como agentes, de utensilios y de profesión: el funcionario, el anticuario, el arrendatario, el santuario… la zapatera, el recadero, la carbonera, el candelero… , excesivamente pegados a la realidad cotidiana, y en muchos casos ya el mismo el hecho de que puedan ir en masculino o en femenino (embustero, a, hostelero, a) los baja del Olimpo de las categorías puras, pues los convierte en “actuantes”.

Tampoco vamos a detenernos mucho más en los sufijos -ADO (el papado, el rectorado…), y -AL (el instrumental, el lodazal, el matorral...) por razones evidentes. 

Otra forma de conceptualización no femenina de los adjetivos (aunque tampoco masculina como podría parecer, sino neutra) consiste en la utilización del artículo neutro ‘lo’: lo bueno, lo espantoso, lo estúpido… El DUE dice de ‘lo’: “Forma neutra del artículo determinado. Su principal oficio es unirse a los adjetivos para designar el conjunto de cosas a que son aplicables: No se preocupa más que de lo útil” (etc…) Está claro: conjunto. Pero conjunto es un tipo de categoría de bajo nivel, pobre en abstracción, necesariamente contingente.

Es lógico pensar que en la actualidad no todos los conceptos pueden tener una representación verbal en el más elevado nivel de abstracción: eso que me gusta llamar el “Olimpo” de las palabras, reino femenino por excelencia y por definición –antes de que los dioses patriarcales, con Zeus a la cabeza, expulsaran a las primitivas diosas matriarcales (Ishtar - Dana - Lygina - Mari - Rea…)–. Primero porque no todas las acciones, estados o emociones humanas requieren tal forma arquetípica: las más nimias, instrumentales o superficiales desde el punto de vista de lo poético no necesitan ese reflejo mítico en las alturas de nuestro pensamiento (quizá y desgraciadamente por culpa de nuestra vulgar cotidianeidad), y han de enlazarse mentalmente en todo caso con formas expresivas alternativas que sí las poseen. Por ejemplo ‘el elogio’ tendrá que acogerse a ‘la alabanza’; ‘el viaje’ a ‘la andadura’ o a ‘la marcha’; ‘el disimulo’ y ‘el engaño’ a ‘la astucia’, a ‘la diplomacia’ o a ‘la estrategia’, según los casos y los sentidos de lo que se pretenda decir. Segundo, porque, como a mí mismo me ha sucedido en mi propia exploración, hay muchos conceptos femeninos –no digo ya palabras– que desconocemos, que han quedado fuera de uso, o sobre todo que han desparecido (de muchos de ellos, tras tantos siglos de resentimiento patriarcal, ni siquiera hay rastros [2]). Todo lenguaje es pobre, limitado, frío, porque pobre, reducido y falto de pasión es el pensamiento y la sensibilidad del ser humano.

El género femenino como elemento formante
Yendo más lejos, se puede llegar a pensar que el género femenino es el principal elemento formante para el establecimiento de las categorías de máximo nivel de abstracción, para las ideas puras. En nuestra mente, el rasgo de feminidad (adjuntándole los sufijos apropiados) aporta directamente a toda raíz genérica de uso cotidiano, ya sea verbal, nominal o adjetival, connotaciones de rango superior, mítico, cosa que la misma raíz adaptada a lo masculino nunca podrá contener en tan alto grado. Y así, cuando al hablar tenemos que encontrar en milisengundos la idea más arquetípica, menos impregnada de temporalidad y contingencia, el concepto más elevado (moralmente positivo o negativo, eso no importa), dirigimos nuestra búsqueda al hemisferio significante de lo femenino, reduciendo así en un cincuenta por ciento el campo semántico, guiados hacia el mágico chispazo neuronal del encuentro sensitivo-racional en la palabra por territorios de sonidos más abiertos que cerrados, más entes que agentes, más expansivos que restringidos, más inalterables que activos, más Aes que Oes.

De hecho, hay algunos casos que me parecen muy significativos (y creo que son los que dieron origen a este estudio) en los que simplemente si convertimos en femenino un sustantivo, 
sin más, sin necesidad de recurrir a sufijos adaptativos, nos aparece lo genérico, lo colectivo o lo global del concepto: el banco :: la banca; el marino :: la marina; el calvo :: la calva o la calvicie; el músico :: la música ... Al igual que al formar el participio en femenino de muchos verbos: comer :: la comida; beber :: la bebida; pedir :: la pedida; escapar :: la escapada; entrar :: la entrada ... 

De forma complementaria, el ente particular que segrega dicho concepto abstracto, como sujeto particularizado (pero aún genérico), actuante global, terrenal (aunque no personalizado aún), lo que entendemos por el nombre común asociado, tanto en singular como en plural, podemos más cómodamente rastrearlo en la mitad de nuestro corpus léxico correspondiente a lo masculino, y así lo expresamos diferencialmente. Yo propongo que ésa es la razón por la que para el español la norma establece que “el género masculino es la forma no marcada o inclusiva”. O sea, “cuando hay referencias genéricas o colectivas a seres humanos basta el masculino para designar los dos sexos” 
[3], en tanto que el sexo femenino, que es la forma marcada, hay que especificarlo.

La adolescencia – el adolescente
El orden de prevalencia de estas dos formas de conceptualización no nos importa ahora; tal vez haya sido en los orígenes al revés, primero el agente, después la categoría. O quizá, como dice la Biblia para el comienzo del mundo, en el principio fue el verbo. Seguramente: la acción pura. Tanto en  la vida como en el lenguaje. De cualquier modo, para nuestro entendimiento: 

·  1º) A partir del establecimiento de las ideas-categorías, situadas de forma estructural en una escala conceptual superior, y definidas precisamente en cuanto tales por ese género femenino, intemporal, abstracto, el continente por así decir (la infancia, la niñez, la pubertad, la adolescencia, la mocedad, la juventud, la adultez, la madurez, la vejez, la ancianidad, la senectud, la longevidad…),

·
2º) podemos particularizar el agente, la clase, nombrar al individuo inespecífico, referirnos todavía genéricamente (nunca mejor dicho) al ente global emanado de cada categoría, y lo hacemos utilizando por defecto el género masculino (el infante, el niño, el púber, el adolescente, el mozo, el joven, el adulto, el maduro, el viejo, el anciano, el sene, el longevo…),

·
3º) a no ser que nos queramos referir de forma específica a un o unos niños o a una o unas niñas como actores concretos, en un nivel de abstracción aún más bajo, donde ya es necesario utilizar los géneros de identificación sexual.

De tal manera que en el grado de las categorías tenemos el continente (ej.: necesitamos leyes para la protección integral de la niñez), y el contenido global (ej.: debemos denunciar toda vulneración de los derechos del niño). En este nivel el sujeto puede ir también en plural, sin perder por ello ese grado de abstracción (ej.: el derecho a la educación de los niños). En el funcionamiento de nuestro logos, para hablar, seguramente necesitamos este tipo de organización psicolingüística, este tipo de operación mental, sencilla y rápida, para establecer hechos genéricos, no particulares: lo femenino para el continente, el ser, lo inmanente, lo intemporal e indefinido; lo masculino para el estar, el contenido, el modo circunstancial.

Después, cuando necesitamos especificar si se trata de niños o niñas, es decir, para los casos particulares, en un tercer grado de abstracción, tenemos a nuestra disposición los géneros (ej.: las niñas afganas están ávidas de educación), tanto en artículos, como en sustantivos y adjetivos. Aunque, por la norma anterior, para el masculino hay que especificar para no confundir el caso concreto con el nombre colectivo (ej.: la ley del más fuerte importa más a los niños varones).

El continente y el contenido
Todo lo cual concuerda de manera precisa y preciosa con el reparto de cualidades y características que observamos en el universo de lo fenomenológico, en el mundo real, curiosamente compuesto desde sus más pequeños y fundamentales elementos constitutivos (átomos) por dos fuerzas que se oponen y se complementan: el electrón el protón, el – y el +, lo femenino y lo masculino (donde los sexos son sólo un exponente más), el yin y el yang de la filosofía oriental. Lo femenino es receptivo, abierto, ilimitado; lo masculino activo, definido, concreto… 

Permítanme adjuntar unas reflexiones que escribí hace años sobre las vocales, en este caso sobre la A y la O, definidoras en castellano de los dos géneros:   
El sonido de la A hace referencia a lo abierto, a lo grande, a lo total, a lo majestuoso. Y a la sorpresa por el exceso de abundancia, de grandeza. A lo receptivo, a lo acogedor, a lo inmenso. También, en un uso exagerado de palabras con esta vocal nos encontramos con lo excesivamente relajado, lo simple, lo inconcreto. Lo átono. “Quedarse con la boca abierta” es una frase que retrata muy bien esta actitud. El sonido A es claramente femenino. No en vano es la desinencia que, en español, al final de sustantivos y adjetivos, indica el género femenino. Pato/pata. Blanco/blanca. Sin duda, esta diferencia tiene que ver con el sonido A, el más primario y sencillo de todos los que podemos generar con la voz, y de manera francamente amplia, abierta sin límite…
La O produce un sonido oscuro, opaco, bajo, contenido, cerrado, poco sutil, quieto, fuerte. Pero representa de algún modo también el reino de lo cotidiano, lo rotundo (redondo), lo definido, lo objetivable. El objeto, el modo, el proceso. Es claramente un sonido yang, activo, engendrador, realizador, lógico, y complejo. Es el mundo de la realidad, el todo, pero un todo paradójicamente no completo (aunque la O lo crea y obsesivamente así lo vocee), no global, sino acumulativo, agregación de cada una de sus infinitas partes.
En español es un sonido masculino, evidentemente. En oposición a la A, establece el género masculino en la mayoría de sustantivos y adjetivos. [4]
¿Se deberían lamentar las y los correctores y correctoras políticos y políticas, protestarían por el papel que según lo dicho posee lo femenino (ojo: no la mujer, equívoca y habitual identificación) en la conformación del lenguaje del idioma que compartimos? Ni más ni menos que el concepto puro, la esencia del lenguaje, la matriz de los estados, las categorías, los ámbitos y las sedes de todas y cada una de las circunstancias y de las emociones humanas. Es como si actualmente la mujer rechazara la sabia naturaleza aparentemente pasiva de lo femíneo, absurdamente envidiosa de la prepotente, estúpida y ridícula actividad protagonística de lo masculino. No hay más que ver cómo va el mundo. A mí tal función me parece un honor inconmensurable, en sintonía con la grandeza y la trascendental esencialidad de lo femenino, tanto en la humanidad como en el universo.

¿Habría de lamentarse y protestar el hombre suspicaz algún día porque hasta las palabras masculinidad, virilidad y hombría sean del género femenino? Qué absurdo.




[1] Ver nota 2.
[2] Hablaré en otro momento de la posibilidad de que la mentalidad patriarcal sí haya podido influir en la eliminación o sustitución progresiva de términos máximamente abstractos femeninos por otros masculinos de menor nivel, haciendo moda, uso y costumbre de estos y relegando al olvido o a usos literarios, filosóficos y poéticos a aquellos. Tal manipulación sí es posible. Como ejemplo, cf. la actual sustitución de muchos vocablos en catalán que son iguales o semejantes a los castellanos por sinónimos que suenan a más “autónomos”.
[3] Manuel Alvar. “Introducción a la lingüística española” Ed. Ariel. Barcelona, 2.000
[4] “La Caverna Sonora” http://cavernasonora.blogspot.com.es/ (Capítulo todavía no incluido).

19/7/13

A peces me armo un río de mil de moños con las teclas


No podía soportar aquella estera. Laminar por aquellos terrenos pantanosos de mi mente, lucios y rastreros. Era una situación pérdida. Maligna, insidiosa, repugsiva y repulnante. Susana ya tenía que haber llegado, y yo tenía que haber ido a percibirla a la estación, pero no, no quería verla y referí no ir a su en cuento. A su encanto. Al carecer venía triste. Eso me dijeron. Sé que no salgo para soportar una si tú acción semejante, no estoy reparado para ello. Y me quemé en el hotel.

Por otro lago, salía que tenía que superar mis quemores y ser rapaz de ponerme en su miel: siempre ha sido tan dulce conmigo, tan aprensiva con mis veleidades, tan camable, tan reductora … Cuando las rosas me salían bien, ella sabía cubrirme de hamagos (sin llegar nunca a pegarme con el forjado brillo de la adulación), y cuando yo no estaba a la hartura de las circunstancias ella hacía tala de una elefante discreción y levitaba cualquier tipo de retroches o conejos. La verdad es que en las situaciones más puras siempre me había mentido ayunado por ella. Y mentí mala con ciencia.

Por eso, en el último comento y pre ocupado porque no legaba decidí hartarme de valor e ir a su recuento. Hubo muerte. Salí comiendo del hotel, varé un taxi y legué a la estación más de media ola tarde pero, por una de esas extrañas mensualidades, la mocomotora del tren había teñido una pequeña acería a la hartura de Malamanca y venía con dos moras de retrato. Muy cien. Ex-tupendo. Decidí tomármelo con alma y espetarla tranquilamente en el mar de la esta acción. Pero como me había quemado sin tabasco me pasé antes por el es manco. Allí también vendían litros, y me compré uno. Fue la cortada la que me llamó la tensión. Se peía una moto de una mujer muy ella que se padecía en horme mente a Su santa. ¿O acaso esa ella? La imagen era algo gorrosa y, para mayor contusión las lepras del tu tilo cubrían parque de sus acciones. Era un litro de capas duras muy bien meditado que se mamaba “Ese hombro no te hiere”.
De relente me sentí angostado. ¿Sería yo ese hombro? ¿Y era verdad que no la hería?

Atril 2009

6/3/12

Palabras sueltas


Iré aquí añadiendo comentarios no siempre ortodoxos sobre palabras y expresiones más o menos corrientes que quizá escondan significados curiosos o inesperados. 

amable. susceptible de ser amado, de la misma forma que ‘comible’ (antes se decía ridículamente ‘comestible’) es susceptible de ser comido, aunque cuidado al hacer la transposición, porque añade el diccionario: no demasiado malo para ser comido y, si es con este matiz, decirle a alguien que es amable puede no resultar tan grato. Es broma. La expresión es sencillamente bella, y conociendo sus intríngulis aún más. De esas que generan buena esperanza en el ser humano.

esperanza.
 desde antiguo se ha distinguido entre dos tipos de esperanza, la buena y la mala, aunque ahora no se hagan tales diferenciaciones. Igual sucede con la suerte (acaso, azar, casualidad): en puridad, decir “te deseo suerte” es casi no decir nada: suerte siempre hay, aunque desconocemos qué tipo de suerte deparará el destino, o, a decir mejor, qué te va a tocar en suerte. En la tauromaquia, con su veterano y ajustado lenguaje, a los distintos episodios de la lidia se les llama ‘suertes’ (suerte de varas, suerte de banderillas…) y desde luego no tienen ninguna connotación premonitoria. Habría que decir (si es el caso): “te deseo buena suerte”, o simplemente “¡buena suerte!” Aunque lo normal, sobre todo en competiciones deportivas, es que el rival te lo diga, pero cruzando los dedos y, en su fuero interno, deseándote la mala.
Con la esperanza pasa lo mismo. Buen ejemplo de ello es el cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, al parecer bautizado así por Juan II de Portugal porque si se superaba ese gran escollo (cabo de las Tormentas lo había llamado Bartolomé Díaz) podía seguirse con menos dificultad el viaje al este, hacia la India. La buena esperanza es algo activo, y requiere una actitud batalladora, positiva, firme. En “estado de buena esperanza” se decía de las mujeres embarazadas. La esperanza mala es aquella que hace seres pasivos, sufridos esperadores, pacientes (es decir, que pacen, como las vacas). “El que espera, desespera”, dice un refrán. Y, por una vez, tiene razón. También tenemos ese otro de “Más vale buena esperanza que ruin posesión”, que le espeta don Quijote a Sancho cuando éste le pide un “salario conocido” por sus servicios. Tan opuesto al malhadado “Más vale pájaro en mano que ciento volando”. Sin duda, de buenas esperanzas estaba preñado el hidalgo.

embarazo.
 Aunque es el término que empleamos corrientemente para definir el estado de buena esperanza de una mujer que ha concebido (¡preciosa expresión!: concebir: formar una idea, proyecto, etc), tiene clarísimos matices peyorativos, es decir sexistas. Porque ‘embarazar’ es Dificultar o impedir una cosa, o el movimiento, la actividad o el desenvolvimiento de alguien. De ahí que se diga “Me resulta embarazoso tener que…” Así va el mundo, si es ese punto, el de la dificultad, el más destacable de una tan sagrada disposición mental y fisiológica. Ni siquiera es tan verdad, para colmo, pues desde siempre las señoras preñadas han podido hacer todas sus actividades y trabajos hasta los últimos momentos de la gestación. La envidia masculina hacia la hembra por su irrevocable impotencia para crear algo vivo es infinita. 

alterne.
 Curiosa palabra, poco usada ya, para definir la acción de tener trato con alguien, especialmente el hombre con la mujer, y que no hace tanto se refería a relacionarse con gente de buena posición económica y social. A la recíproca, un bar de alterne es aquel en el que las mujeres contratadas de dicho local tratan con los clientes para estimularles a hacer gasto. Pero como el verbo alternar (sin duda anterior) significa Sucederse, en el espacio o en el tiempo, dos o más cosas, repitiéndose una después de otra, parece que se trata indudablemente de un toma y daca, un ahora tú, ahora yo. Desde luego, en todo caso el interés anda por medio.

gracias.
 Es tan corriente esta palabra que nunca nos hemos parado a pensar qué significa realmente. En realidad es una fórmula abreviada (¡siempre los idiomas y las hablas buscando economías!) de “gracias te sean dadas”, se supone que por el Gran Dispensador. Viene del latín gratia-ae: gracia, cualidad de ser agradable, encanto, pero también favor, crédito, influencia. Es decir, estás invocando al cielo o a tus dioses para que otorgue favores, créditos (eso en la actualidad es mucho más difícil), influencia, o simplemente el don de la belleza y la gracia a quien crees que lo merece por la ayuda que te ha prestado o por su amabilidad. Son buenos deseos, lo cual es mucho, porque todo lo que se desea, en alguna parte y en alguna proporción siempre se cumple. Así que ¡cuidadito con lo que deseas, tanto para los demás como para ti!


amanecer. Jugueteando, descubrí que me encanta el parecido entre la española ‘sonrisa’ y la inglesa sunrise, que probablemente no tiene nada que ver y que significa amanecer, literalmente ascensión del sol. Probablemente no, pero sí poéticamente, me parece a mí. Por cierto que los angloparlantes cometen el mismo error con sunrise que nosotros al decir ‘puesta del sol’ (y ellos sunset), pues la verdad verdadera es que, con respecto a la Tierra, el sol ni sube ni baja, ni sale ni se pone; vamos, que no se mueve. Y somos nosotros, nuestro planeta, los que giramos hacia delante o hacia atrás, con respecto al sol, a una velocidad increíble y sin despeinarnos.
amanecer  Corominas la hace proceder del latín mane: por la mañana. Lo que resulta un tanto sorprendente es que los hispanoparlantes nos resistimos a resolver el constante barullo y confusión que genera la palabra mañana al tener dos significados al mismo tiempo: el del sustantivo que define la parte del día comprendida entre la salida del Sol y el mediodía, y el del adverbio que designa el día siguiente a aquel en que se está cuando se habla. Bueno, todos los idiomas que conozco distinguen perfectamente estas dos conceptos (morning/tomorrow, matin/demain, mattina/domani, manhã /amanhã…). Y es lógico que sea así. Quizá es que simplemente a nosotros nos encanta poder seguir diciendo eso tan sonoro de “mañana por la mañana”.

brindis. Desde luego, un brindis es una especie de oración laica (normalmente muy laica), un pedido a los cielos, un deseo solicitado a la diosa Fortuna (como el citado ‘¡gracias!’), que puede ser de tú a tú o colectivo, nunca en solitario. Corominas dice que procede de la vieja fórmula de brindis alemana ich bring dir’s (“te lo ofrezco”, literalmente “te lo traigo”). Luego se convirtió en verbo: brindo por…, y también para otros usos ajenos a la bebida: fulano le brindó su ayuda.
La asociación íntima --tan íntima que actualmente puede parecernos inseparable-- de la comida y la bebida, como productos estrictamente necesarios para nuestra alimentación, con la celebración, la fiesta, y en último término el éxtasis y la embriaguez, es un trasunto de un dios muy especial, muy mediterráneo, llamado Dionisos, el “extranjero”, que apareció tardíamente en el panteón griego, procedente con probabilidad de los más antiguos dioses tartésicos. Le dio a la espiritualidad, una dimensión profana, vital y liberadora.

experimentar. Permítanme dejarme llevar un poco por la intuición. Hay tres raíces semánticas en la palabra: ‘ex’, prefijo de sacar o poner fuera, ‘peri’, prefijo de alrededor de, y ‘mentar’, que procede de ‘mente’. ¿No nos dice la conformación de la propia palabra que experimentar es poner la mente en los territorios de lo ignoto? ¿Pensar divergentemente fuera de los límites de lo hasta ahora conocido? No es vano el planteamiento. Existe una clásica paradoja (no sé si de Eráclito) que dice que cuanto menos conocimiento tenemos, menos cosas ignoramos y, por el contrario, cuanto más sabemos más cosas desconocemos. En efecto, el límite de la sabiduría de un necio (la longitud de la circunferencia que marca la frontera entre lo que conoce [C] y lo que desconoce [D]) es mucho más pequeño que el de un sabio, cuyo saber [C1] ocupa el área de un círculo más grande, y por lo tanto, su línea de contacto con lo que desconoce [D1] es mucho más extensa. Precisamente por eso el sabio sabe que desconoce mucho, mientras que el ignorante cree que lo sabe todo.

Con arreglo a esto, experimentar [E] sería exactamente eso: buscar fuera y alrededor de la mente: EX–PERIMENTE

3/3/12

A favor del punto y coma


Supongo que se habrán fijado ustedes que, desde hace ya unas cuantas décadas, el punto y coma ha venido a estar considerado por los literatos, periodistas, traductores, plumillas de todo tipo, e incluso poetas, como algo demodé, anticuado, rancio. Y se evita. Se evita casi absolutamente.

Yo no sé de dónde viene tanta tirria a este signo de puntuación, pero estoy dispuesto a reivindicarlo. Quizá sea porque lo asociamos a textos antiguos excesivamente académicos, formales, legales, demasiado puntillosos, sensatos o escrupulosos. No sé, es por decir algo que me viene a la cabeza, también a mí. En realidad, me refiero a textos que en mi infancia (donde más podía encontrarlos) sí eran directamente rancio-franquistas: ridículas y pretenciosas enciclopedias escolares, periclitados libros de texto y religiosos, abominables periódicos aleccionadores, paternalistas…

Tal vez también (tratando de desembarazarme de la posible carga emocional que pudiera tener este asunto), contribuya a ese descrédito el hecho de que, desde la propia Academia y desde muy antiguo, se le haya dado a este signo una función híbrida, mitad expresiva – mitad sintáctica. Que ni el punto ni la coma por sí solos tienen.

En lo expresivo, está bastante clara su función, que además me parece útil e importante: “El punto y coma indica una pausa superior a la marcada por la coma e inferior a la señalada por el punto”, dice la norma.

Un ejemplo mío:

“Desde luego que si yo me hubiese negado no me habrían tirado a la piscina, eso por supuesto; pero me dejé.”

No me sirve la coma, porque el hecho “de que yo me hubiese dejado” tiene su importancia y quiero recalcarlo, y con una coma pasaría casi desapercibido. Perdonen la repetición, pero me parece importante verlo escrito:

“Desde luego que si yo me hubiese negado no me habrían tirado a la piscina, eso por supuesto, pero me dejé.”

Yo mismo, hace años, hubiese escrito así esta frase:

“Desde luego que si yo me hubiese negado no me habrían tirado a la piscina, eso por supuesto. Pero me dejé.”

Y hoy no me habría quedado contento, porque queda demasiado tajante, como si la decisión de “dejarme tirar al agua” hubiese sido un gesto importante, crucial. Una separación tan intensa (la del punto) nos lleva a considerar lo que viene después como una idea aparte, nueva, y si, además, lo que se expresa a continuación es breve, resulta excesivamente categórico.

Claro que el punto y seguido (y a veces hasta el punto y aparte) se ha utilizado en la literatura con esas connotaciones, seguramente a propósito. Pero así los personajes (o los narradores, que no dejan de ser también personajes) acaban pareciendo invariable y casi uniformemente duros, rotundos, casi diría pétreos, siempre perfectamente seguros de sí mismos. Lo cual para las novelas de serie negra es estupendo, qué duda cabe. Pero no en todas las novelas tiene que haber rudos y curtidos detectives escépticos, hastiados de la vida.

Muchas veces, los modernos (como lo fui yo), lo escribirán así:

“Desde luego que si yo me hubiese negado no me habrían tirado a la piscina, eso por supuesto. 
Pero me dejé.”

¿No es demasiado pretenciosa esta construcción? Siempre parece todo tan importante que, si no vieses que queda un buen tocho de páginas por detrás (y eso en los nuevos libros electrónicos que se nos avecinan ya no se podrá hacer), continuamente creerías que está a punto de acabarse el libro. O la historia que estamos leyendo. Porque un punto y aparte implica una pausa de mucha reflexión. Casi otro contexto, otro espacio mental, un cambio de dimensión temporal, incluso espacial, dependiendo, claro, de los ritmos internos y de los contextos.

Otra forma de evitar el punto y coma es emplear en su lugar los dos puntos. Que conste que a mí me encantan los dos puntos: es como abrir una leve, a veces levísima expectativa de resolución, de respuesta; una especie de formulación causa-efecto, o incluso a la viceversa: efecto-causa. Y en el habla utilizamos a menudo esa pequeña inflexión explicativa. Pero hay que reconocer que a veces se utiliza en exceso. Si sustituyéramos los dos puntos por un brevísimo e impronunciable “qué”, o “quién”, o “por qué”, o “para qué”, o “cómo”, o “cuándo”, o simplemente un hipotético e imposible signo de este tipo: “¿?” veríamos cuándo es adecuado y cuándo no: por ejemplo (muy extremadamente), los que acabo de poner ahora.

En nuestro ya famoso ejemplo, no caben los dos puntos, creo yo; o, al menos, a mí no me caben. Y sin embargo podríamos perfectamente verlo escrito en muchas novelas:

“Desde luego que si yo me hubiese negado no me habrían tirado a la piscina, eso por supuesto: pero me dejé.”

Lo cierto es que no queda mal, pero el lector está recibiendo algo que no es lo que yo quería expresar. Los dos puntos le dan también un énfasis especial a ese “dejarse”, como si fuese la respuesta o solución a un conflicto o enigma previo, que en realidad se nos presenta como tal enigma a posteriori, es decir a partir de la aparición de los dos puntos. ¿Pero había tal enigma, o conflicto? ¿Hace falta hacerse algún tipo de cábala o cuestionamiento, tipo “¿?” Indudablemente, en el ejemplo que yo estoy usando, no. El personaje está encantado de que la chica que adora y sus amigas le empujen al agua.

Añadido a esta dificultad [1] o resistencia a colocar en el texto pausas intermedias (que tanta riqueza aportan a la fidelidad en la expresión escrita de las conversaciones, por ejemplo) existe, como dije, un problema añadido, y es que a este signo del punto y coma se le hace cargar también con otra tarea que no funciona tan bien expresivamente, es decir, que contradice o, al menos, no concuerda con la norma anterior, la de la pausa. Me refiero a su uso estipulado, y a mi entender un tanto forzado desde el punto de vista estrictamente literario, como separador “de enumeraciones de elementos que no sean de la misma especie.” O sea, a la función sintáctica a la que me refería antes.

Ejemplo (sacado de una página de ejercicios sobre reglas de ortografía) [2]:
“La maleta es marrón; el cuaderno, blanco; el borrador, verde; y la pluma, negra.”

¿No produce tanto punto y coma una lectura rígida, colegial, falsa?

O, yendo aún más lejos, planteémonos esta otra norma de uso, de las que yo llamo sintácticas, pero que se sigue considerando como la principal: Se debe utilizar el punto y coma “para enmarcar los fragmentos de la oración cuando ya se usan comas para un nivel inferior.”

Voy a ilustrarlo con otro ejemplo propio, para poder expresar con mayor conocimiento de causa las alternativas y las dificultades que me surgieron. (Antecedentes para entender la frase: Acaban de tirar a la piscina, muy cerca de donde flota el protagonista, a la chica que a él le gusta.)

“Notó cómo la piel de su vientre se deslizaba fugazmente entre sus dedos, sintió el blando impacto de sus preciosos pechos contra su tórax, vio pasar ante él, pegado a él, su rostro, su aliento, sus ojos cerrados, creyó sentir, acariciando sus mejillas, el roce de sus fragantes cabellos rubios…”

Teóricamente, legalmente, clásicamente, aquí habría que sustituir tres específicas comas por sus correspondientes puntos y comas. Pero entonces, atendiendo a la petición de esa pausa intermedia que propone el punto y coma, se corta el ritmo, se rompe la emoción del momento, hay una especie de “traqueteo” de sensaciones que interrumpe la necesaria fluidez de las percepciones del protagonista. Veámoslo:

“Notó cómo la piel de su vientre se deslizaba fugazmente entre sus dedos; sintió el blando impacto de sus preciosos pechos contra su tórax; vio pasar ante él, pegado a él, su rostro, su aliento, sus ojos cerrados; creyó sentir, acariciando sus mejillas, el roce de sus fragantes cabellos rubios…

Este es el problema: o somos didácticos, formalistas, sintácticamente rigurosos y nos atenemos a la norma para que el lector no se pierda al leer, o buscamos la expresividad, la naturalidad, el valor emocional del mensaje. Escritura clara, sin equívocos, frente a escritura expresiva. Porque ambas cosas son, muchas veces, incompatibles. O sea, como en el chiste: ¿Estamos a setas o estamos a Rolex?

Pero es que, si lo analizamos un poco, la dicotomía anterior en realidad no es tal. Prácticamente no existe ya. Recordemos que hace sólo unas cuantas décadas había tantos analfabetos que los libros, los periódicos y incluso las cartas se las tenía que leer en voz alta al o a los interesados el raro privilegiado que sabía leer. Y éste habitualmente con muchas dificultades también. El lector, todo lector (salvo un pequeño porcentaje de ilustrados) se trababa con mucha más facilidad al leer, y lo que tenía escrito ante sus ojos debía estar redactado de forma muy clara, sin ambigüedades formales ni raros estilismos. Ocurre como con la imagen fílmica: en la actualidad no necesitamos la pesada y rígida articulación secuencial que antes era necesaria. Ahora en los veinte o treinta segundos que dura un anuncio de televisión nos han contado una historia que a mediados del siglo pasado hubiera requerido al menos cinco minutos.

Ahora casi todos podemos leer libros (otra cosa es que exista o se promueva el interés por hacerlo), y aunque es cierto que hay un alto porcentaje de analfabetos funcionales, el que lee habitualmente sabe leer con muchísima más destreza. Y, sabiéndolo, el escritor es mucho más atrevido, mucho más plástico, más experimental en su búsqueda artística de nuevos modos de expresión formal. Es por eso por lo que yo creo que la función académica y didáctica del punto y coma no tiene ya mucho sentido.

Pero la expresiva sí.

___________________________
[1] Miguel A. Román, en su magnífico artículo “Réquiem por un punto y coma”, afirma que se evita por desconocimiento de sus usos, pero, aunque en parte tenga razón, no creo que éste sea el más importante argumento. Hay muy buenos escritores que no lo utilizan jamás. Cf.: http://librodenotas.com/romanpaladino/9542/requiem-por-un-punto-y-coma
[2] http://www.reglasdeortografia.com/puntoycoma01.php

4/6/10

El trujamán

Me gusta la palabra ‘trujamán’. Un trujamán no es un traductor de textos, propiamente hablando, pero tiene que mucho que ver. Era, antiguamente, un intérprete (de lenguas). También, según María Moliner, 2. Persona experimentada que aconsejaba a otras en los negocios e intervenía como mediador en los tratos de compras y ventas. Curiosamente esta segunda acepción se aproxima bastante más, en términos metafóricos, a lo que yo hago cuando ejerzo el viejo oficio de traductor. Además de trasladar al idioma español (en mi caso) mensajes redactados en otros idiomas (inglés o francés, en mi caso), sé que tengo que hacer de mediador entre el autor de dichos mensajes y el futuro lector hispanohablante. Trujamaneo (existe el verbo) de lo lindo. Si bien es cierto que no aconsejo directamente al autor en su negocio de la escritura (negocio como ocupación, la acepción más noble), sí lo hago de forma indirecta, sin comunicarme con él, adivinando sus más profundas intenciones (como debe hacer un buen trujamán) literarias. Sólo que, mis consejos, en lugar de consejos, acaban siendo decisiones prácticamente irrevocables.

Al igual que los antiguos comerciantes o altos dignatarios se sabían en manos de su trujamán a la hora de mantener delicadas conversaciones en países extranjeros, pues no podían saber qué era lo que su intérprete estaba realmente manifestando por él y, fundamentalmente, en qué tono, con qué matices, con qué grado de humildad o soberbia, etc…, así, ahora, está en mis manos el autor cuya obra estoy traduciendo. Qué enorme poder. Y, por otro lado, a veces, qué impotencia. Javier Marías, que ejerció como trujamán, lo ha contado muy bien en su libro “Corazón tan blanco”.

También he visto el panorama desde el otro ángulo. Y es una experiencia que ha contribuido a que me tome mi papel de traductor con la mayor responsabilidad. Como autor, sabes que tienes que confiar en el traductor que ha vertido tus escritos al alemán, al inglés, al italiano… Una persona a la que no conoces y a la que probablemente nunca conocerás. Que ni siquiera tú has elegido. Un nombre que aparece en letra pequeñita en la cuarta página del libro. Alguien al que imaginas que tuvo que pelearse con las palabras de la misma forma en que tú te peleaste (con otras, en otra lengua) en el momento de la creación. Más no puedes intuir. Es gracioso ver tu libro escrito en un idioma que no conoces en absoluto. Que no entiendes casi ni una sola palabra. ¿Esto lo he escrito yo? Sí… y no. Por medio ha habido un trujamán. Un negociador de palabras. Alguien que, sin llegar a decírtelo, te ha aconsejado que la mejor forma de decir esto, el mejor modo de transmitir lo más fielmente posible esto otro, es el que él ha decidido.



Porque, como ocurre en tantas otras batallas y amoríos a los que nos enfrenta la vida, la fidelidad es algo imposible. Y seguramente insoportable. La fidelidad absoluta a un texto lo convertiría en algo insípido, aburrido, casi ilegible. Rígido y servilmente falso. Como en las relaciones sentimentales. Un sabio amigo mío dice que la fidelidad es cosa de perros, que los humanos no debemos pretender comportarnos de un modo tan sumiso y predecible. No es que sea un desalmado, no: él propone a cambio el concepto de lealtad. Es la no traición al vínculo en su nivel más acendrado y profundo lo que importa. La no traición, en este caso, a la literatura que engendró el autor. A aquello que, despojado de adjetivos, pronombres y verbos, y de idiomas, queda en el regusto del alma después de haberlo leído.

Mis preciosos diccionarios

Recuerdo que el dolor era cada vez más fuerte y que yo me había empezado a asustar. Hablo de cuando viajé a Inglaterra por primera vez en mi vida a ver a mi chica, que ese verano había decidido ir a trabajar a Londres. Se había ido con otra compañera de la facultad que estaba enamorada de ella, y trabajaban en un restaurante de Baker Street (el “Sherlock Holmes”, se llamaba, naturalmente). Era lo único que yo sabía. Recuerdo que tomé el tren en París (yo ese verano había estado trabajando a mi vez en un supermercado del barrio de Pigalle), luego el ferry y luego otro tren que me dejó en Victoria Station. Cuando digo que era lo único que sabía, hay que incluir en mi absoluto desconocimiento también el idioma, pues en los colegios, por aquellas épocas, sólo se estudiaban como lenguas extranjeras el latín y el francés. Lo dejaré meridianamente claro con un ejemplo que ilustra cómo fue mi llegada: yo, como los paletos de antes, preguntaba la dirección (Baker Street) mostrando a cada transeúnte con el que me cruzaba un papel –pues ya había comprobado que pronunciar con mil tonos diferentes el nombre de la calle solo provocaba en mi casual interlocutor un final encogimiento de hombros– y, tras escuchar educadamente su perorata de indicaciones, referencias y giros, absolutamente ininteligible para mí, me despedía con un amable “cenquiu” y me dirigía hacia donde su mano había estado señalando con mayor insistencia. Luego, en el siguiente cruce de calles repetía la operación. Así hasta alcanzar mi destino, donde “mis chicas” me invitaron a desayunar opípara y para mí exóticamente en el propio restaurante.

Pues bien, a lo que iba. Ya instalados en su flat, un día, al cabo de una semana, me comenzó un tremendo dolor en una encía. Aquello se estaba hinchando inquietantemente. Necesitaba con urgencia que un médico me hiciese una receta para un antibiótico. Por supuesto, en Madrid, como en cualquier pueblo de la España de entonces, yo hubiese ido directamente a la farmacia, lo hubiese comprado y santas pascuas. Adiós al flemón. Pero en un lugar tan civilizado como era la Inglaterra de finales de los años sesenta (y ahora también en este país de nuestras carnes) para conseguir una simple caja de bristaciclina se necesitaba una receta médica. Aquella mañana mi chica ya se había ido a trabajar, nuestra amiga se había vuelto hacía días a Madrid y yo estaba que me subía por las paredes de dolor. ¿Qué hacer? Pues lo más lógico, dado que andábamos siempre justísimos de dinero: busqué en la guía el hospital público más cercano, que estaba a unas pocas calles, y decidí ir. Recuerdo que me sentía absolutamente desamparado frente a aquella situación tan simple. Porque me sabía incapaz de explicarle al médico qué era lo que me pasaba, y que necesitaba un antibiótico. Y aquí viene la adoración que desde entonces profeso a los diccionarios. Solo, en aquel cuarto enmoquetado, abandonado por todos, busqué en el pequeño y amarillo Longman que días antes me había comprado, las palabras dolor y enfermedad: pain e illness. Las memoricé, las ensayé frente al espejo y, armándome de valor, encaminé mis pasos hacia el hospital. Era un lugar viejo y destartalado, tipo hospital de San Carlos (lo que ahora es Museo Reina Sofía), perfectamente acorde con las sensaciones de miseria de emigrante que por entonces provocaba en el extranjero todo aquello que tuviera que ver con la España de Franco. No tuve que esperar, pues no había nadie más. El doctor, que era el individuo más desabrido y desconfiado que nunca conocí, me hizo pasar y me sentó ante él y bajo una ventana cuyo alféizar estaba como a dos metros del suelo. Yo abrí la boca, señalé con el dedo mi encía y dije pain, y poco después dije illness. Naturalmente, para decirlo, ambas veces tuve que sacar el dedo de la boca. ¡Pues bien, me entendió!

Traficante de antibióticos
Pero el tipejo aquél no le dio ninguna importancia a mi inflamación (y además debió de pensar que me dedicaba al estraperlo de medicamentos, como Harry Lime en “El tercer hombre”). Lo supe después, cuando fui con mi recetita a esas farmacias tan raras que tenían allí (llamadas ‘Boots’, creo recordar), donde me dieron un simple bote de aspirinas. Y, claro (para rematar ya la historia), la boca se me puso como un tomate reventón. Tanto fue así que, unos días después, de viaje a York en autostop y parando en los albergues juveniles, en no sé qué ciudad, decidimos ir a la consulta privada de un dentista que, este sí, muy amable, se echó las manos a la cabeza al ver el desaguisado de mi boca, maldijo a la sanidad pública y nos dio una receta para un antibiótico. Encima el hombre no quiso cobrarnos nada. Infinitas gracias vuelvo a darle, ahora desde este lado del tiempo.
Disculpen toda esta retórica, que me parecía imprescindible para explicar, de forma emocional, lo que significan para mí los diccionarios. Es, además, una historia real.
Yo soy muy poco mitómano de casi nada. Ni siquiera de los libros, al contrario que tantos escritores. Que no se enfade nadie ni se sulfure, pero he vendido, he regalado, he tirado a la basura libros que ya había leído y que sabía (o pensaba) que no iba a volver a leer y/o que no iba a leer jamás. Muchos. Casi todos. La verdad es que vivo en una casa muy pequeña ahora. Y pienso que si necesito un libro lo podré encontrar, o en la cuesta de Moyano o en las librerías de viejo o en las bibliotecas (tengo a tiro de honda la Nacional y, a veces, paso allí dentro largas temporadas). No me duele deshacerme de los libros. Pero, cuidado, este desabrimiento, este desapego desmitificador no reza con los diccionarios. Los guardo como oro en paño y los mimo y los consulto (o los leo) como otros atesoran, cuidan y releen novelas, manuales o libros de autoayuda. (Bueno, olvidaba decir que también conservo los de poesía.) Y allá que los acarreo todos, cuando me traslado a una nueva casa.



Y es que en primer lugar los diccionarios son libros de códigos. [Código. 4. Conjunto de signos y reglas para su combinación que permiten expresar y comprender un mensaje: ‘El código lingüístico. El código morse’. (Diccionario de uso del español. María Moliner).] Es su más básica y seguramente más antigua función. Son llaves muy específicas para las exclusivas cerraduras que cierran o abren puertas a la comunicación, al entendimiento entre los seres humanos. Ahí es nada. De eso hablaba cuando conté la anécdota de mi flemón. Pero no solamente son códigos para entenderse en diferentes idiomas, sino también para ampliar el vocabulario y expresar y comprender más matices de más ideas o emociones. Además de mis diccionarios de referencia usuales y mi buen número de diccionarios de idiomas, tengo que añadir aquí, por ejemplo, mi maravilloso “Diccionario lunfardo”, de José Gobello.
Y es que los diccionarios son libros de antropología. Los usos y las costumbres de los hablantes de determinada lengua están consignados en sus frases adverbiales, por ejemplo, con una nitidez y una riqueza de matices tal que no existe ningún estudio antropológico más revelador. Véanse las frases hechas del inglés de Inglaterra y se entenderá su idiosincrasia mejor que consultando doscientas guías turísticas. Incluso pueden servir para estudiar a fondo determinados segmentos de la sociedad en determinadas épocas. Mi “Tesoro de villanos, o Diccionario de germanía”, de Inés Chamorro es, para mí, el mejor retrato de la vida, las costumbres y la filosofía vital de los rufianes y delincuentes de la España de los siglos XVI y XVII. Los tres volúmenes de mi “Diccionario de autoridades”, compuesto entre 1726 y 1739, además de ser un magnífico libro de historia de la literatura hasta esa época, nos muestran en toda su profundidad y amplitud la panoplia de valores y actitudes sociales que su vocabulario destila.

Facultad de (las) letras
Y es que los diccionarios son libros de historia. A través del estudio diacrónico de las palabras comprendemos cómo ha ido evolucionando el pensamiento de un pueblo y la forma de entender y expresar el mundo. Mi “Breve diccionario etimológico de la lengua castellana”, de Joan Corominas, y mi “Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española”, de Edward A. Roberts y Bárbara Pastor son para mí los mejores libros de historia.
Y es que los diccionarios son libros de poesía. Son tan finas y sutiles, y bellas en definitiva (tiernas, crueles, irónicas, dulces…), las imágenes mentales que sugieren la mayoría de los dichos y, atención, no solamente los dichos o construcciones verbales, sino las palabras en sí mismas y en relación con sus significados, la sonoridad y la estructura intrínseca de cada vocablo, que es como para quedarse atónito. Mi Casares, mi María Moliner, o incluso mi DRAE dan buena cuenta de todo ello. Por cierto, hace unos meses salió a la luz una iniciativa muy interesante, que llegó a los principales medios de comunicación: “elige la palabra más bella”, era la convocatoria. No me interesa tanto lo que votó la mayoría como las propuestas de algunos invitados (escritores y poetas). Y aportaron verdaderos poemas –más hiperbreves imposible–: azahar, barbilampiño, camino, azacán, espléndido, califa, cristalino, jarro, mórbido… Debería haber trascrito aquí cada una de estas palabras en una línea, o mejor dicho, en una página, para darles su importancia, para que respirasen y se esponjasen a sus anchas, permitiéndolas desplegar todos sus aromas, pero me temo que el director de la revista me habría echado los perros. No estamos para tanto dispendio.

Y es que los diccionarios son libros de filosofía. Las palabras representan, designan también símbolos, o sus desarrollos en forma de mitos. Y, como se dice en el prólogo de mi “Dicccionario de los símbolos”, de Chevalier y Gheerbrant, “el símbolo es el fundamento de todo cuanto es. Es la idea en su sentido originario, el arquetipo o forma primigenia que vincula el existir con el Ser.” Por ejemplo, la palabra ‘flecha’, o mejor dicho, el concepto de flecha o saeta, en cualquier idioma que se diga, es símbolo de penetración y apertura, símbolo del rayo, símbolo de conquista, símbolo de dirección y sentido, símbolo de celeridad, símbolo de muerte fulminante, etc… Porque dicha palabra, dicha idea despierta esas precisas “inefables concomitancias en el corazón del hombre genuino”, por debajo (o por arriba) de su mero significado verbal. Debo decir que me interesa más éste que he citado (por ser mas jungiano y más completo) que el “Diccionario de símbolos” de Cirlot, que me parece que echa mano del psicoanálisis en demasía.

Y es que los diccionarios son libros de relatos. Mi “Tesoro de la lengua castellana o española” de Sebastián de Covarrubias (publicado por primera vez en 1611) es quizá la mejor muestra de ello. Basta con leer las ocho páginas que le dedica a la entrada ‘elefante’, por ejemplo, para sentirnos inevitablemente sumergidos en ese tipo de magia que sólo un narrador en estado puro puede transmitirnos. Es, y lo digo con toda sinceridad, uno de mis libros de lectura preferidos.
Y aún más cosas son los diccionarios. Por ejemplo, tratados de lingüística, o de filología. Véase si no mi raro “Diccionario de voces naturales”, de Vicente García de Diego, una especie de diccionario universal de las onomatopeyas con innumerables, evidentes y doctas pistas para descubrir, por mediación de ellas, el origen de las palabras. O mi “Dictionary of Phrasal Verbs”, de Rosemary Courtney, o mi “Diccionario etimológico de los sufijos españoles”…

¿Más? Sin duda hay mucho más que descubrir en el interior de los diccionarios de la lengua y de las lenguas, a lo cual, desde aquí les invito y les animo. Sobre lo aquí escrito, por ejemplo, vean qué simpáticas entradas:


s(w)e-. (…) 6. Con alargamiento y sufijo sweed-yo- Gr. έθνος: propio, personal [<’particular de uno mismo’]. idioma ‘lengua propia de una nación; idiota ‘ignorante’; orig. ‘ciudadano común y corriente’; idiotismo ‘giro o construcción peculiar de un idioma’ (…) idiosincrasia (…) (Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, Edward A. Roberts y Bárbara Pastor)
TUING. Es onomatopéyico el ingl. tuinge ‘producir un dolor punzante, oprimir’. Son también onomatopéyicos el medio alto alemán twingen ‘apretar’, alemán zwingen ‘punzar, apretar, cuasar dolor, anglosajón thuingan ‘id,’, danés tuinge ‘id.’. (Diccionario de voces naturales. Vicente García de Diego)
LLAMA  I  ‘lengua de fuego’, 1220-50. Del latín FLAMMA íd. DERIV. Llamarada, 1490. Llamear, h. 1250, llameante íd. Cultismos: Flámeo. Flámula, 1579-90. Inflamar, 1438, lat. inflammare íd (…) (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Joan Corominas) [Y también flemón, añado yo.]
FÍSICO (…)Por otro nombre los llaman doctores, y por ellos está el sinificado por excelencia, por la precisa necessidad que ay de que sean muy doctos, más que los graduados en teología o derechos; porque si yerran los primeros, ay recurso a la Yglesia, y al Santo Oficio, y si los segundos ay apelación para el juez superior; pero el error del médico es irremediable, y al punto se lo cubre la tierra, sin que haya quien se lo pida [reclame] (…) (Tesoro de la lengua castellana o española. Sebastián de Covarrubias)
ESPINO  1 Hospital: «andando a la flor del berro, / la condenaron a çarça / y en el espino la han puesto» (Hill LXXXV, 24). La venta de la zarza era el hospital para curar enfermos de venéreas; allí se les daba el agua de zarza como medicina curativa. Por analogía se le dijo también al hospital espino. (Tesoro de Villanos. María Inés Chamorro)
LOFIAR.  Lunf. Estafar, pedir o sacar con engaño dinero o cosas de valor (“…y aprendist’el shacamiento y a los logis a lofiar.”, Aprile, Arrabal…, 56) Parece representar un cruce de filar y cafiolo (cafiolo > cafiolar > fiolar > lofiar). (Diccionario lunfardo. José Gobello)

por Miguel Ángel Mendo

Reflexiones y ocurrencias sobre el idioma (español).

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