Masculino/femenino. El género femenino esencial
La profunda complementariedad de los géneros gramaticales
En primer lugar, hay que especificar que el uso del término ‘género’ está permitido en el campo lingüístico, pero no en el biológico, error cada vez más extendido (y que terminará por convertirse en norma, sobre todo a partir de su empleo en el ámbito sociológico). Es decir, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género) [0].
Sea como sea, aunque se acusa al lenguaje de sexista y de promover la superioridad del hombre sobre la mujer por muy diversos criterios, la acusación más relevante se dirige al uso del género masculino (ej.: los niños) no solo para referirse a los individuos de ese sexo, como ocurre con el género femenino (las niñas), sino también para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos (los niños vale, en su contexto, para los niños y las niñas). Y es especialmente relevante porque la casuística de esta discordancia es abundantísima. Aparece en todos los textos escritos, sean libros o prensa de cualquier época, y se escucha en la radio, en la TV, en las conversación en la calle, en las aulas, en los foros públicos y oficiales de todo tipo. «Todos han respondido maravillosamente. Todos son artistas espléndidos y amigos de mi madre», dice en un periódico el hijo de una famosa cantante hablando del homenaje que van a hacer a su madre músicos de ambos sexos.
Es muy complicado, y sostengo que innecesario, tener que citar los dos sexos permanentemente, porque, como veremos, se trata de un elemento estructural del idioma. Pero han aparecido innumerables propuestas para conseguirlo. De hecho, hay ya una gran cantidad de organizaciones, tanto públicas como privadas, que han creado y emplean en sus comunicaciones sus particulares lenguajes no sexistas o inclusivos, con diversos grados de radicalidad y de dificultad. La ONU ha redactado sus propias recomendaciones al personal de la organización para que empleen un lenguaje inclusivo en cuanto al género en sus seis idiomas oficiales, tanto oralmente como por escrito, en comunicaciones tanto formales como informales, con un público tanto interno como externo.
La Real Academia Española (RAE en adelante), en un reciente y prolijo informe [1] , de más de 150 páginas, intenta poner paños calientes para suavizar el tono de su anterior negativa rotunda a tales experimentos, dada la avalancha de rechazos que suscitó y el enorme seguimiento de la crisis lingüística provocada. Pero la RAE, tras analizar mucho más diplomáticamente la viabilidad de las soluciones más imaginativas que han ido apareciendo —la mayoría de ellas, a pesar de todo, claramente inoperativas—, y aceptar algunas en un ejercicio de corrección política muy de nuestro tiempo [2], ha acabado diciendo lo mismo que decía antes, como no podía ser de otra manera.
Incluyo esta larga cita para mostrar cómo, aunque el tono haya cambiado, el fondo es el mismo:
Hacerlo desaparecer [el masculino genérico] sería una empresa difícil y casi imposible, pues el género es un arquetipo conceptual, lógico, necesario en todas las estructuras mentales. La causa de tal condena, su relación directa con el androcentrismo cultural no es cierta. (...) Vetar su uso es criminalizar una estructura gramatical inocua que ha representado todo un hallazgo de las lenguas romances y que ha venido funcionando como expresión aséptica durante siglos en su aplicación a personas y a animales.
El problema es que la RAE no aporta ninguna razón para intentar explicar por qué esto es así. ¿Por qué motivo ha de ser el masculino el genérico? ¿Por qué no el femenino? A propósito de esto, existe actualmente un partido político que utiliza en sus comunicados el femenino genérico, y en lo formal, en lo gramatical, resulta perfectamente viable. Incluso lo exhibe en el nombre del partido: Unidas Podemos, que, se sobreentiende, incluye también a los hombres. ¿Por qué no ha sido así a lo largo de la historia? ¿Por androcentrismo únicamente?
La primera reflexión sería cuestionarse si puede ser tan manipulable un idioma. No digo el código morse, el lenguaje de programación JavaScript, el código de banderas náuticas... ¿Se puede alterar a conveniencia y de un año para otro un importante elemento estructural de una lengua? Nuestra lengua tiene miles de años de antigüedad, ni siquiera sabemos cómo nació, es la forma de entenderse de una gran parte de la raza humana, no posee una estructura lógica conocida, o tiene tantas que hay que ir poco a poco descubriendo... ¿Podemos atrevernos de detectar sus “errores” para poder reformarlo, actualizarlo, enmendarlo, desde esa resolutiva actitud de usuarios con derechos, como si se tratase de los estatutos de un club social? Ni las veinticuatro Academias de la Lengua Español repartidas por el mundo, muchas de las cuales llevan más de un siglo investigándolo con profundo respeto, ni los (y las) [3] novelistas, poetas, dramaturgos, traductores o impresores, que trabajan a fondo con él, y del que cada día aprenden algo nuevo, han sentido nunca la necesidad de corregir la estructura del idioma, o, mejor dicho, en este caso de todos los idiomas del mundo. La exigencia no ha surgido por motivos lingüísticos en relación a un idioma, sino desde instancias políticas internacionales, con la pretensión de abarcar a todos los idiomas.
Pero las lenguas —advierte Álex Grijelmo, como un principio fundamental— «no se modifican ni construyen desde arriba (ya se trate de los medios de comunicación, la administración pública, la enseñanza o la política), sino por abajo: entre la gente».[4] Y nadie me puede hacer creer que un movimiento político, o un partido es “la gente”, aunque esa sea su pretensión.
Es, por tanto, necesario y urgente investigar las razones por las cuales el género masculino es la forma no marcada o inclusiva.
Hipótesis
Por mi parte me atrevo a formular la hipótesis de que el género femenino, al menos en las lenguas romances, estuvo reservado desde sus orígenes para los conceptos abstractos, más intangibles, más categóricos —lo que yo llamo la esencia, o también el Olimpo [5] de las palabras—, en tanto que el género masculino se aplicaría al sujeto agente, tanto de forma colectiva, como individual, es decir, al elemento activo en el mundo de lo fenoménico, lo más próximo a la acción definida por el verbo. Y ambos géneros serían perfectamente complementarios. Es muy importante recalcar que en la actualidad solo podemos hallar en nuestros idiomas vestigios, aunque en muchos casos bastante representativos, de ese hipotético ordenamiento neurolingüístico surgido en la oscura noche de los tiempos, cuando el ser humano comenzó a hablar.
Tenemos todavía infinidad de sustantivos femeninos que al cambiar de género muestran nítidamente esta idea: la banca :: el banco; la marina :: el marino; la calvicie :: el calvo; la música :: el músico; la juventud :: el joven...
Palabras de un género femenino especial que no solo constituyen conceptos en su más alto grado de abstracción, sino que representan la esencia, la sustancia semántica de la que está hecho el sustantivo [6] correspondiente en género masculino. Con la envidia :: el envidioso (vale también el plural: los envidiosos) el masculino representa tanto el colectivo universal como el individuo concreto del mundo real (hombre o mujer) que porta en su seno la esencia significativa de la envidia (femenino). Dicho de otro modo: la envidia es el componente esencial del envidioso, como categoría con género indefinido, no significativo, del ente global activo. Sin embargo, es importante recalcar que, si es necesario descender a lo circunstancial de la acción y al sujeto particular, puede escribirse en masculino o en femenino. Con el adjetivo que surge de ambos, envidioso-a, no hay ningún problema, se adapta al género del sustantivo.
• ESENCIA: «La envidia es una declaración de inferioridad». (Género femenino esencial).
• ENTE o SER: «El envidioso se siente en inferioridad». (Masculino genérico en singular). Representa a los dos géneros, y por ello es el elemento en fricción para el lenguaje inclusivo.
- «Los envidiosos se sienten en inferioridad». (Masculino genérico en plural). Representa a los dos géneros, y por ello es el elemento en fricción para el lenguaje inclusivo.
• ESTADO: «Carlos es un envidioso». «Ana es una envidiosa». (Sustantivo masculino o femenino particular). «Carlos es un hombre envidioso». «Ana es una mujer envidiosa». (Adjetivo masculino o femenino).
• ESENCIA: «La música es la poesía del aire». (Femenino esencial).
• ENTE o SER: «El músico es como un mago». (Masculino genérico en singular, para ambos sexos). Conflictivo.
- «Los músicos son seres especiales». (Masculino genérico en plural, para ambos sexos). Conflictivo.
• ESTADO: «Carlos es músico». «Ana es música». (Masculino o femenino particular).
Desde el punto de vista neurolingúístico sabemos que, al hablar, en nuestro cerebro se establecen oposiciones significativas en diferentes grados de abstracción. Esta hipótesis afirma que en un nivel de abstracción superior a aquel en que se produce la necesidad de diferenciación de identidad sexual, en un plano de significación más allá del uso de los sujetos particulares, e incluso de la acción, está dispuesto desde tiempos inmemoriales que aquello que corresponde al establecimiento de la máxima categoría de abstracción, al fundamento semántico, tendría el género femenino como norma, en tanto que lo particular, lo concreto, lo específico (el espécimen) de cualquiera de estas categorías se expresaría de forma global en género masculino.
Podríamos decir, pues, que el género femenino es el principal elemento formante para el establecimiento de las categorías de máximo nivel de abstracción, para los conceptos puros. En nuestra mente, adjuntándole los sufijos apropiados, el rasgo de feminidad aporta directamente a toda raíz genérica de uso cotidiano, ya sea verbal (reír :: la risa), nominal (el poder :: la potencia) o adjetival (blanco :: la blancura), connotaciones de rango superior en cuanto a abstracción; cosa que la misma raíz adaptada a lo masculino nunca podrá contener en tan alto grado. Y así, cuando al hablar tenemos que encontrar en milisegundos la idea más arquetípica, menos impregnada de temporalidad y contingencia, el concepto más sublimado (moralmente positivo o negativo, eso no importa), dirigimos nuestra búsqueda a la red de conexiones significantes de lo femenino, reduciendo así en un cincuenta por ciento el campo semántico, guiados hacia el instantáneo chispazo neuronal del encuentro sensitivo-racional en la palabra, por territorios de sonidos más abiertos que cerrados, más esencias que entes, más expansivos que restringidos, más aparentemente inalterables que dinámicos, más Aes que Oes. Por ejemplo: LA niñez.
De forma complementaria, el ente específico que ha segregado dicho concepto abstracto, como sujeto particularizado (pero aún genérico), actuante global, terrenal (aunque no personalizado aún), lo que entendemos por el nombre común asociado, tanto en singular como en plural, podemos más cómodamente rastrearlo en la mitad de nuestro corpus léxico correspondiente a lo masculino, y así lo expresamos diferencialmente. Por ejemplo: LOS niños (ellos y ellas). Yo propongo que ésa es la razón por la que para el español la norma establece que «el género masculino es la forma no marcada o inclusiva». O sea, «cuando hay referencias genéricas o colectivas a seres humanos basta el masculino para designar los dos sexos» [7]. En tanto que el sexo femenino, que es la forma marcada, hay que especificarlo. Ejemplo: LAS niñas (solamente ellas).
Dicho de otra forma: en el grado de las categorías tenemos el continente (ej.: «Necesitamos leyes para la protección integral de la niñez»), y el contenido global (ej.: «Debemos denunciar toda vulneración de los derechos del niño.») En este nivel el sujeto puede ir también en plural, con el mismo carácter colectivo (ej.: «El derecho a la educación de los niños»). En el funcionamiento de nuestro logos, para hablar, seguramente hemos necesitado este tipo de organización psicolingüística, esa clase de operación mental, sencilla y rápida, basada en el reparto de funciones, para establecer afirmaciones genéricas, no hechos particulares: lo femenino para el continente, la esencia, lo inmanente, lo intemporal e indefinido, lo intangible; lo masculino para el ente, el contenido, el modo circunstancial.
la infancia, la niñez, la pubertad, la muchachada, la adolescencia, la mocedad, la juventud, la adultez, la madurez, la vejez, la ancianidad, la senectud, la longevidad...
el infante y los infantes, los niños, los púberes, los muchachos, los adolescentes, los mozos, los jóvenes, los adultos, los maduros, los viejos, los ancianos, los senes, los longevos...
Después, cuando necesitamos especificar si se trata de niños o niñas, es decir, para los casos particulares, para el estado de las cosas, en un tercer grado de abstracción, tenemos a nuestra disposición los géneros (ej.: «Las niñas afganas están ávidas de educación»), tanto en artículos, como en sustantivos y adjetivos. Aunque, por la norma anterior, para el masculino hay que especificar para no confundir el caso concreto con el nombre colectivo (ej.: «La ley del más fuerte importa más a los niños varones»).
No se trata de establecer ningún tipo de jerarquía que otorgue más importancia o valor a unas características semánticas que a otras en razón del género gramatical, por supuesto, porque ese tipo de consideraciones en un sistema tan complejo como el lenguaje carece de sentido. Como se puede ver, aquí lo femenino posee una función clara, la de referencia absoluta en lo abstracto, y la labor del masculino, como espécimen actuante en lo concreto, es perfectamente complementaria. Aún más, concuerda de manera precisa y preciosa con el reparto de características que observamos en el universo de lo fenomenológico, compuesto desde sus elementos constitutivos por dos fuerzas que se oponen y se complementan: el electrón y el protón, el – y el +, lo femenino y lo masculino (donde los sexos son sólo un exponente más), el yin y el yang de la filosofía oriental, la tesis y la antítesis de la occidental, el trigrama kun y el trigrama ch’ien en el I Ching o Libro de las Mutaciones... Lo femenino es receptivo, abierto, ilimitado; lo masculino activo, definido, concreto... Más evidentemente aún, en términos biológicos: en los mamíferos, lo femenino es el contenedor de los especímenes que van a nacer, tanto masculinos como femeninos. El sexo femenino, la hembra, acoge en su seno el acto de la fecundación (primer nacimiento) y alberga dentro de sí, alimenta y comparte plenamente su vida con el nuevo ser en el posterior desarrollo embrionario, es decir, desde esa primera célula fertilizada hasta el nacimiento al aire (el parto), y después del parto hasta el nacimiento a la vida terrenal autónoma (el destete). La “esencia” de la que estamos hechos es femenina.
Recordemos que los conceptos abstractos [8], como bien expresa la RAE, son los que describen cualidades sin hacer referencia a cómo las experimenta o percibe una persona en particular. No se centran en la experiencia subjetiva o personal, sino que tratan de explicar dicha cualidad en términos objetivos o universales, sin tener en cuenta quién la esté experimentando.
Se trata de palabras que poseen la intención de contener algo más —mucho más— que la mera enunciación o nominación consensuada de los objetos del mundo que nos rodea: árbol, mesa..., o de las acciones: agarrar, dormir..., elementos básicos e ineludibles éstos para la conformación de un idioma mínimamente útil, necesario para la vida en comunidad. Pero como especie evolucionada y evolutiva, necesitamos también disponer de palabras capaces de expresar emociones, sentimientos o valoraciones más allá de la mera descripción de los seres que pueblan el universo o de los objetos que podamos crear y utilizar. Necesitamos palabras que nos inciten, cada vez que las pronunciemos, a confrontarlas con nuestras propias emociones, sentimientos o valoraciones, pero con la fundamental pretensión y subyacente responsabilidad de que sean asumidas por la colectividad de los hablantes de nuestro idioma. En este tipo de vocablos que trascienden [9] la limitada amplitud espacio-temporal, que van más allá de la mera definición, está la incitación al cuestionamiento filosófico, el germen de un potencial acto de conocimiento superador o, mejor dicho, integrador de lo dual en lo trinitario. En los conceptos abstractos está la esencia de lo femenino. Y, desde los orígenes del lenguaje, debieron ser de género femenino.
Ya sabemos, claro, que el uso que hacemos de las palabras en el día a día, por muy abstracto que sea lo que nombren, es infinitamente menos especulativo, más pragmático que el empleo que en apariencia estamos dándole aquí. Utilizamos constantemente frases del tipo: «Haz fuerza para abrirlo», «tuve una niñez muy feliz», «dime la verdad»..., donde ‘fuerza’, ‘niñez’ y ‘verdad’ no están expresando, ni lo pretenden, su más alto grado de categorización posible, sino que participan igualmente de lo concreto y lo circunstancial de la acción, que puede ser de lo más trivial. Ello no les quita el más mínimo ápice de trascendencia como portadoras de los significados más universales y profundos, que los humanos nunca dejaremos de indagar.
Los sonidos
Estudiemos desde la fonosemántica las vocales A y O, definidoras en castellano de los dos géneros. El sonido de la A, formador del femenino en los sustantivos del idioma español, hace referencia a lo abierto, a lo grande, a lo total, a lo majestuoso. Y a la sorpresa por el exceso de abundancia, de grandeza. A lo receptivo, a lo acogedor, a lo inmenso. El sonido A es el más primario y sencillo de todos los que podemos generar con la voz, y de manera francamente amplia, abierta sin límite...
La O produce un sonido oscuro, opaco, bajo, contenido, cerrado, poco sutil, quieto, sólido. Pero representa de algún modo también el reino de lo cotidiano, lo rotundo (redondo), lo definido, lo objetivable. El objeto, el modo, el proceso. Es claramente un sonido yang, activo, engendrador, realizador, lógico, y complejo. Es el mundo de la realidad, el todo, pero un todo paradójicamente no completo (aunque la O tenga esa pretensión), no global, sino acumulativo, agregación de cada una de sus infinitas partes. En español es un sonido masculino, evidentemente.
El idioma porta esta sabiduría en su seno, igualmente palpable en el ejemplo más abstracto que podemos imaginar, y que, por tanto, estamos utilizando aquí como modelo: si tenemos el verbo SER, el agente [10] de ese verbo es EL ENTE [11] , o EL SER como sustantivo, ambos de género masculino. Pero, aunque parezca imposible un más alto nivel, todavía reina, por encima de este, el concepto madre, el más etéreo y absoluto posible, la sustancia que conforma al ser: LA ESENCIA [12], y ésta es del género femenino.
LA esencia/EL ente
LA esencia/EL ser
En el poema XXXIII del Tao Te King, uno de los más antiguos textos conocidos, atribuido a Lao Tse, hay dos versos que expresan perfectamente las funciones del masculino agente y del femenino esencial respectivamente:
El que vence a los demás es fuerte.
El que se vence a sí mismo es la fuerza.
Una vida para investigar
No creo casual, por ejemplo, que el femenino sea casi en exclusividad el género de todas las Ciencias clásicas y no tan clásicas, así como de sus múltiples ramas: la física (la mecánica, la termodinámica, la f. cuántica, la astronomía...), la biología (la citología, la histología, la anatomía, la bioquímica, la fisiología...), la filosofía (la lógica, la ética, la estética, la metafísica...), la retórica, la geografía, la matemática, la química, la medicina, la geología, la antropología, la economía... Hasta las más modernas: la numismática, la egiptología, la estadística, la epistemología, la genética, la informática... Y entre ellas, sin excepción, aquellas conformadas por sufijos del tipo: -METRÍA, -LOGÍA, -GRAFÍA, -LATRÍA, -TROPÍA, -SOFÍA, -NOMÍA...
Igualmente ocurre con las Artes: la poesía o la poética, la música, la pintura, la arquitectura, la literatura, la escultura, la dramática o dramaturgia (el teatro es el lugar donde se desarrolla), la retórica, la fotografía, la cinematografía...
Instituciones políticas y sociales: la administración, la organización, la educación (la instrucción, la enseñanza, la tutoría, la didáctica, la pedagogía, la docencia, la divulgación...), la cultura, la sanidad, la universidad, la banca, la religión, la legislación, la judicatura, la policía, la milicia...
Formas de gobierno: la aristocracia, la monarquía, la república, la teocracia, la tiranía, la anarquía, la oligarquía, la democracia...
Emociones humanas, categorías de estados de cualidades y sentimientos arquetípicos, de potencialidades..., (incluidos los clásicos pecados y las virtudes: la envidia, la lujuria, la ira... la prudencia, la justicia, la templanza...), la tristeza, la paciencia, la angustia, la esperanza, la melancolía, la fe, la vergüenza, la disciplina, la apatía, la serenidad, la camaradería...
Identificación por sufijos
• Son del género femenino los más de 1.700 términos diversísimos acabados en -ÍA o en -IA, relacionados con todo tipo de sustantivos y adjetivos: la villanía, la falacia, la miseria, la poligamia, la enciclopedia, la comedia, la alegría..., incluidos muchos nombres de los más clásicos territorios y países: Galicia, Iberia, Alemania, Hungría, Eslovaquia...
Desglosándolos, tenemos en esta categoría todos los acabados en –ICIA (nombres abstractos y de cualidad o de acción): la pericia, la codicia, la estulticia; más los que dan idea de colectivo acabados en -LIA: la familia, la Biblia (conjunto de libros), la filatelia...; más los 721 terminados en -ERÍA, formante de nombres abstractos de abundancia, cualidad, conjunto o lugar donde está, se hace o se vende: la palabrería, la galantería, la conserjería... y los establecimientos públicos: la zapatería, la carpintería, la cafetería...); más los que llevan el sufijo -NCIA (532) para formar nombres de acción o de actitud: la abstinencia, la agencia, la anuencia, la benevolencia, la docencia, la elegancia, la apariencia, la insolencia, la procedencia, la violencia, la distancia..., cargo o dignidad: la presidencia, la regencia..., o nombres de cualidad: la prudencia, la correspondencia, la vivencia...; o acabados en la variante -ANZA (127): la confianza, la enseñanza..., o de conjunto: la mezcolanza. Incluyamos los acabados en -DURÍA, aunque solo sean nombres de acción, de lugar en que se hace, de empleo...: la pagaduría, la teneduría, la curtiduría, la freiduría...
• Los más de 1.000 acabados en -AD, para categorización de nombres y adjetivos: la normalidad, la ebriedad, la amistad, la bondad y la maldad, la verdad... la dificultad, la libertad, la potestad...
• Los más de 400 acabados en -EZ o en -EZA: la absurdez, la rigidez, la grandeza... (genéricos de adjetivos)
• Los numerosísimos nombres de acción (2.600) terminados en el sufijo -IÓN, es decir, relacionados con la categorización de verbos: la cicatrización, la consolidación, la alimentación, la penalización, la composición, la estabilización... Entre ellos los términos de dignidad o cargo, designando impersonalmente a quienes los desempeñan: la inspección, la representación, la dirección, la legación, o de lugar donde se realiza determinada actividad: la fundición...
• Más de 800 términos acabados en -URA con el que se forman artes, actividades prototípicas, formas organizativas, cualidades: la pintura, la agricultura, la hermosura, la estructura...; nombres genéricos de cosa hecha: la confitura; o de utilidad... la abreviatura, la envoltura...; globales de verbos: la andadura, la añadidura, la hechura..., nombres de efecto, de utensilio, de residuos, o de verbos hipotéticos: la metedura, la barredura, la botonadura.
• -MENTA o -MIENTA: nombres que designan conjunto o clase: la vestimenta, la cornamenta, la impedimenta, la herramienta...
• -INA: muchos son nombres de relación: la marina, la rutina, la disciplina (de donde procede discípulo) ..., o equivalen a serialidad: la cachetina, la azotaina, la degollina...; o de insistencia o intensidad: la regañina, la corajina...
• Nombres terminados en -UD: la senectud, la longitud, la salud... Hay 61.
• Nombres que acaban en -UMBRE: la costumbre, la lumbre, la cumbre, la reciedumbre... (29)
• Los terminados en -NZA: la tardanza, la enseñanza...
• Terminados en -DAD: comodidad, unidad, entidad...
Falsas esencias masculinas
Afrontemos ahora la negación de esta hipótesis: ¿Existen palabras con género masculino que cumplen también la función que creemos reservada al género femenino, es decir, de máximo nivel de abstracción, capaces de contener la esencia del concepto? Aparentemente sí, muchas. A mi parecer, solo de manera intuitiva, sospecho que, al ser esta ley que propongo de origen ancestral, la evolución de la lengua (sin descartar la lógica influencia de milenios de patriarcado), debe de haber ido sustituyendo un buen número de expresiones femeninas por otras de género masculino, dejando caer a aquellas en el olvido más remoto. He buscado algunos términos en masculino de un alto grado de abstracción, sin que, en principio, se pueden hallar otras en femenino más elevadas:
El espacio, el aire, el mundo, el silencio, el cielo...
Son, evidentemente, vocablos absolutamente fundamentales. Si, de forma espontánea y casi instintiva, intentamos buscar en lo femenino su ascendiente matriz, su fundamento semántico, la palabra capaz de trasmitir su esencia, veremos que no existe: la espaciosía (¿la espaciosidad?), la airedumbre, la mundez, la mundanía, la silenciedad... (¿silenciosidad?) Y, por ello mismo, ¿no nos parecen estos tan elevados masculinos, algo más cosas, más entes, por muy inmensos e inalcanzables que sean? No parece que contengan el aura de esencialidad de lo femenino, no son causa, son efecto.
Buscando, sin embargo, hay veces que podemos llevarnos sorpresas, unas más previsibles que otras:
el suplicio - la súplica
el dominio - la dominación o la dominancia
el miedo - la pavura (ant.)
el concepto - la concepción
el fundamento - la fundamentación
el castigo - la damnación (ant.)
el poder - la potencia
el calentamiento - la calura (ant.)
el calor - la calor
el sueño - la somnolencia y la ensoñación
el cariño - la caricia
el valiente - la valor (ant.)
el conocimiento – la conciencia (?)
el mandamiento – la (co)mandancia
el placer - la placidez
el rigor - la rigurosidad
el campo - la campaña, la campa
el delito - la delincuencia
el fuego – la hoguera, la foguera (ant.) (la fogosidad ? no)
el movimiento - la movilidad
el perdón - la misericordia, la gracia, la indulgencia, la absolución, la amnistía...
el consejo – la conseja
el odio - ? la haine (fr.) (la) rancor (ant.)
etc, etc, etc.
El artículo neutro
Hay además otra forma lingüística de denominar lo genérico, tanto de sustantivos como de adjetivos y verbos: mediante el artículo neutro ‘lo’. Sin embargo no se puede afirmar que lo que definen haga referencia al máximo nivel de abstracción, al concepto universal e intemporal portador de su esencia semántica. Es muy utilizado; tanto que, sin haberlo previsto, acabo de escribir, curiosamente, dos ejemplos en este mismo párrafo: ‘lo genérico’ y ‘lo que definen’, y, como vemos, sí están haciendo referencia a aspectos globales, a categorías, pero limitadas a casos particulares, asociados al momento y a las circunstancias de lo que se está hablando, sin excluir al sujeto [13]. Veamos algunos otros ejemplos de utilización:
· De sustantivos. Cuando proceden de sustantivos masculinos parecen ofrecer una alternativa al femenino esencial: El espacio <> lo espacioso; el aire <> lo aéreo; el mundo <> lo mundano; el silencio <> lo silencioso; el cielo <> lo celeste... Sin embargo, dado que también se emplea a partir de sustantivos femeninos, podemos cómodamente percibir cómo estos “términos neutros” ofrecen tan solo matices, aspectos, componentes sin definir de la rotunda abstracción del femenino, puesto que en realidad se han convertido en una especie de sustantivación de adjetivos.
La gloria <> lo glorioso; la vejez <> lo viejo; la alegría <> lo alegre; la sustancia <> lo sustancial; la verdad <> lo verdadero; la fantasía <> lo fantástico...
Aunque sea admisible que en el habla y en los textos cotidianos haya ocasiones en que pueden resultar intercambiables, no son en absoluto equiparables, en razón de la eventualidad y de la limitación del nivel de abstracción que tiene el neutro (como corresponde a un adjetivo), y a la intemporalidad, el alcance y la esencialidad que lleva en su seno el sustantivo femenino.
· De adjetivos: lo dificultoso, lo sarcástico, lo bueno, lo mortal...
· De verbos: lo callado, lo envidiable, lo disponible, lo estipulado, lo estipulable, lo dominador, lo dominante...
Sufijos masculinos
Vamos ahora a recurrir de nuevo a la gramática para localizar casos que nieguen la hipótesis. Y, atendiendo a los sufijos, como generadores de conjuntos de términos con una función común, al igual que hicimos con las palabras femeninas, no hemos encontrado casos que la contradigan. Los más dudosos, como por ejemplo los denominados nombres de acción en masculino, fundamentalmente los que terminan en -MIENTO (más de 1.200), que puede parecer que denotan conceptos genéricos, en realidad representan un proceso, es decir, la expresión pura de la actividad que indica el verbo del que proceden. Están en un nivel de abstracción más próximo al de la acción, impregnados de su dinamismo debido a su mayor cercanía al momento en que transcurre el hecho o el suceso que se cuenta. Para mí son una especie de “cristalización” o representación nominal del gerundio.
Se percibe muy bien esta diferencia cuando estudiamos casos en que disponemos de las dos variantes, la masculina y la femenina. Por ejemplo:
El poblamiento es la acción de poblar un lugar específico, mientras que la población es el acto genérico de poblar, en abstracto, aunque haya después derivado también a significar el lugar ya poblado, en todo caso lejano en el tiempo a la acción o, mejor dicho, independiente de ella.
el recibimiento / la recepción
Aquí sucede algo semejante. El primero hace referencia a un proceso, en cambio la segunda es ya un concepto puro, que más modernamente, como sustantivo más terrenal, significa una acción acabada (una vez que se haya recibido lo que sea), o una dependencia, o una ceremonia, o una fiesta de etiqueta.
el profanamiento / la profanación
Ídem. Profanamiento es el acto, profanación la noción en toda su potencia. Hay en la segunda una mayor abstracción.
Donde más claramente se comprueba es en:
el (a)justiciamiento [14] / la justicia
¿Pero qué decir de otros lemas aparentemente autónomos y sin formas categóricas superiores que encontramos solo en masculino, como por ejemplo el pensamiento? No tenemos en castellano una palabra femenina para el concepto prototípico de ‘pensar’. Así y todo, ‘el pensamiento’, aunque también se utilice corrientemente como representación autónoma e impersonal de la idea, (como en “el pensamiento occidental”), mantiene en su sonido las características subjetivas y contingentes, las connotaciones de dinamismo que evoca el sufijo -miento. El francés sí tiene ese nombre abstracto femenino (la pensée), y en sefardí ‘el pensamiento’ se dice la pensada [15]. Luego, es probable que en castellano antiguo se utilizase también la pensada, aunque no sabemos por qué ha desaparecido.
el pensamiento – la pensada