9/2/26

Obviedades sorprendentes

Este título es la fórmula más graciosa que se me ocurre para definir esos particulares hallazgos etimológicos que, una vez hechos, tras el consabido y feliz eureka, nos hacen sentir decepcionados, o más bien bobos, al comprender que acabamos de descubrir una mera obviedad con muy poco misterio. O sea, la pólvora. Pero en fin, también tienen su gracia, como los chistes malos, y por eso traigo aquí algunos, para, si es el caso, compartir el chasco que produce su descubrimiento. Como se verá, en la mayoría de las propuestas que presento, el simple enunciado de cada vocablo puede hacernos conectar casi de inmediato con sus progenitores, de forma más o menos ortodoxa. 

 

Prójimo. ¿De dónde procede esta palabra? La solución correcta está bien cerquita o, como se le suele decir al que busca algo que tiene delante de las narices pero no lo ve: “si es un perro te muerde”. La solución es ‘próximo’, evidentemente. Prójimo es un término muy utilizado por la Iglesia, y con efusividad, por lo que pareciera que posee connotaciones mucho más piadosas que la mera referencia a la cercanía, al vecindaje. 


PerfumeEsta tiene algo más de ciencia. Hay que retorcerse un poco más las meninges, aunque tampoco demasiado. Va una pista muy generosa: procede del italiano, a través del latín. ¿No? Si esto fuese el video de una partida de ajedrez comentada y explicada diría: haz pausa para ver si descubres la jugada. Aquí va, pues: per fumumprofumo – a través del humo. Es decir, de los vapores, de los efluvios que desprende. 


Recipiente. El verbo latino capio (capio, capis, capere, cepi, captum) aún está muy vivo en la lengua española, pues sus genes concurren, bien enraizados, en muchas palabras. Como captar, capturar, aceptar, capacidad, concepto, percibir, incapaz, susceptible...  No siempre son fácilmente detectables, pues aunque capio es un verbo muy importante, es irregular. Significa coger, tomar, capturar... Re-capere... recibir...


Pordiosero. Esta es preciosa. ¡Cómo es la lengua castellana! ¿Qué nombre ha quedado para la posteridad para denominar a un hombre, o a una mujer, postrados a la puerta de una iglesia pidiendo por Dios una limosna?


Responsable. No le demos más vueltas: el que está capacitado para responder, a través de ese re- intensivo y de spondere, prometer, obligarse. Es decir, responder pero no en el sentido más moderno de contestar a una pregunta, sino en cuanto a la idea de adquirir un compromiso. De esta raíz procede también la palabra esposo -sa.


Bizcocho. Creo que  esta es más conocida, más popular. Tiene una construcción lógica (dividir en dos partes) que representa con fidelidad su significado original, que no el actual. Antes se refería a un pan más seco y duradero que se horneaba (se cocía) por segunda vez (bis- cocho) para eliminar todo el agua y conseguir que se conservase más tiempo, lo que era especialmente valioso para soldados y navegantes. A día de hoy, sin embargo, vaya usted a saber por qué, la palabra define labores dulces y esponjosas, justo todo lo contrario.


Malhadado -a. Magnífica palabra. Todos sabemos que significa desgraciado, desafortunado o que tiene un mal destino. Mal fario, podríamos decir en castizo. Solo conseguirán acercarse a la solución correcta los filólogos y los que hayan leído, o mejor, a los que les hayan contado de niños, La Bella Durmiente, y sepan el lío que puede montar un hada contrariada. ¿Ya? 


Dialéctica. No tiene nada de especial. Tercera acepción del DRAE: “Arte de dialogar, argumentar y discutir.” Solo que hasta hace muy poco no había caido en la cuenta de que la palabra tiene una relación directísima con 'diálogo'. Siempre relacionada para mí con la dialéctica hegeliana (tesis, antítesis y síntesis), se me pasó por alto la conexión más obvia. Puede que a algún lector le haya sucedido lo mismo.


Atención. La versión real, la ortodoxa, no la pensé. Ad (hacia) + tendere (dirigir, tender, estirar), o sea, ‘tender hacia’, en definitiva: dirigir la mente hacia algo. Preciosa. Yo me dejé llevar más bien por el significado emocional de la palabra, porque cuando la veo sola en un letrero o en un cartel (y más aún si está entre exclamaciones), siento que me está gritando que me ponga ‘en tensión’. Bueno, pues resulta que no ando tan descaminado, ya que, como he visto, de la raíz tend- se deriva justamente la palabra ‘tensión’.


HerejeTengo que admitir que en este caso no he sido yo el que ha investigado ni descubierto la etimología. La leí en alguna parte, hace tiempo, pero me gustó tanto que quiero compartirla aquí. Y es que podría considerarse una obviedad si tenemos en cuenta que en el siglo XIII, que es cuando aparece escrita por primera vez en castellano, la ortografía no existía. Procede del griego hairetikós, que significa ‘el que elige’. Hereje es el que elige, el que se atreve a elegir una doctrina distinta a la impuesta. Dice mucho acerca de los fines de la Inquisición.


Esencia. Casi me parecía imposible imaginar que el verbo ‘ser’, tan etéreo, profundo, primordial, tan inasible, pudiera disponer de un sustantivo que lo represente en abstracto, que conceptualmente explique el contenido de su acción. Como a ‘caminar’ le corresponde ‘el camino’, y a ‘sonreír’ ‘la sonrisa’. Pues resulta que un día descubrí que no es imposible: A ‘ser’ le corresponde ‘la esencia’. ‘Esencia’ procede del latín essentĭa, sustantivo creado a partir del verbo esse (‘ser’). Y puede definirse como: “aquello que constituye la naturaleza íntima y permanente de algo.” Más poético imposible. Pero entonces, para liarlo más (o para profundizar más), ¿qué es el ente? Ens es el participio presente del verbo esse (‘ser’). Ente es todo aquello que es. Para sintetizar, va esta especie de trabalenguas: “El ente es; la esencia es aquello por lo que el ente es lo que es.” Casi nada.


Seminario. Pues aunque suene contradictorio, y quizá un tanto jocoso, la palabra ‘seminario’, que denomina a ese lugar donde se forman los jóvenes que un día habrán de ser sacerdotes católicos, para lo cual tendrán que guardar voto de castidad, tiene una relación directa con palabra ‘semen’. Es obvio. La explicación seria es que semen es una palabra latina que significa ‘semilla’, y un seminario es un lugar donde se siembran y se cultivan las vocaciones y se forma el clero. Sin trampa ni cartón.



12/12/25

Trápala y trágala

     

     Es verdad que formalmente son dos palabras muy parecidas, y antiguas las dos, pero tienen significados muy diferentes. La P y la G suave las hacen en ciertos aspectos opuestas, de acción externa e interna respectivamente, pues una se pronuncia expulsando el sonido desde la parte más exterior de los labios y la otra es una de las más profundas, más guturales. 
     Vayamos por partes. En la entrada de TRAMPA, Corominas, para trápala, dice verla escrita por primera vez en el año 1495, con el significado de ‘estruendo, propiamente el causado por el pisoteo de una multitud. Pero en la entrada TRAPISONDA, la cita también de esta manera: ‘bulla’ y ‘riña’, ‘embrollo’, ‘enredo’. Del nombre del Imperio de Trapisonda (ciudad de Asia Menor) muy sonado en los libros de Caballerías y el Quijote, que gracias al ambiente de esos libros y por su aparente relación con trápala y trapaza tomó sus acepciones actuales.
     O sea, primero fue ruido, follón causado por agitación de las gentes, como expresa Lope de Vega en La Dragontea:

Y en confuso escuadrón, trápala, y bulla
A un lado le enterraron de la plaza.

...y luego fue trampa, embuste, como la utiliza Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles:

... pandilla de materialistas y ateos de escalera abajo, que, sin gran fatiga, lo explicaban todo por impostura, trápala y embrollo.

     Es curioso lo del ruido del ‘pisoteo’ que puede hacer la gente alterada e inquieta, como vimos antes, porque también la repetición de "trápala" imita el sonido rítmico y veloz de unos cascos golpeando el suelo (y por tanto el clamor de una batalla).
     En El hospital de los locos, escribe José de Valdivieso (1565-1638):

Que por vos, la mi señora, 
la cara de plata,  
correré yo mi caballo, 
a la trápala, trápala, trápala. 
 
Trápala, por cierto, también formaba parte del estribillo de una tonadilla muy popular desde 1780:

Trípili trípili trápala
que esta tirana se canta y se baila
anda chiquilla
dale con gracia
que me robas el alma.

     La tirana era un género musical popular.


     En cuanto a trágala, es un sustantivo masculino, compuesto a partir de la segunda persona del imperativo del verbo tragar. Un trágala, el trágala... Un imperativo muy imperativo, hay que decir; incluso violento, pues supone obligar a alguien a deglutir algo aunque no quiera. Y metafóricamente a aceptar o soportar algo a la fuerza. Ese algo es un trágala, es decir, un trago amargo. 
     Originariamente el ‘la’ de trágala era la Constitución de Cádiz, y el primero al que obligaron a tragársela fue al nefasto rey Fernando VII en 1820: el alzamiento de Riego le forzó a instaurar y jurar el texto constitucional de 1812 (humillación que nunca olvidaría y que alimentó la cruel represión posterior, en la llamada “década ominosa”). La expresión fue un invento de los liberales con que, en forma de cancioncilla, zaherían y ridiculizaban a los absolutistas cantándoles: 

Trágala, trágala, 
tú, servilón, 
tú que no quieres
Constitución. 

Estos respondían a su vez con otra coplilla: 

Trágala o muere 
tú, liberal, 
tú que no quieres
Corona real. 

Y, claro, la bronca estaba asegurada. Como siempre.


4/11/25

Amagado


 

 “La amenaza es más fuerte que su ejecución” (Aron Nimzowitsch, campeón de ajedrez)

Es un lujo que en castellano exista un verbo muy antiguo (y aún tan vivo) para expresar de manera clara y sintética el hecho de  “...levantar el braço con ademán de querer descargar golpe para herir y no ponerlo en execución”, según explica el Diccionario de Covarrubias de 1611. O sea, el verbo amagar, que, según él mismo, procede eltimológicamente del latín manu agere: mover la mano. Y me llama la atención con ese exacto significado, porque ya sé que amagar también tiene otras acepciones, que seguramente son derivaciones de esta. En catalán, por ejemplo, significa “esconder”, desde siempre. Y, por supuesto, “amagar con...”, en castellano, quiere decir “hacer ademán de...”, “amenazar con...” pudiendo unirse a cualquier verbo imaginable, lo que al final es una actitud o un gesto tan universal y tan básico que seguro que la mayoría de las lenguas tienen una palabra, o más, para ello. 

Adonde quiero llegar es a la palabra ‘amagado-a’, el participio de amagar, que define al ser (persona o animal) que está sufriendo un amago. Esto es lo que más me impresiona. Que exista un idioma que cuenta con un vocablo por todos conocido capaz de nombrar el estado del que está amagado.    

Porque sí, estrictamente, el estado de amagado es, en efecto, el de quien se siente amenazado, pero amenazado de un modo muy concreto: con la necesidad de protegerse de un golpe que se le está viniendo encima. Tiene, es verdad, un paralelismo con amenazado, la gran diferencia es de cariz emocional: el golpe, en este caso, no solo es inminente, sino aparentemente inexorable, y el miedo está muy presente. Hay que protegerse YA. Es el estado del que casi está sintiendo el golpe por adelantado, sin necesidad de que llegue a descargarse. Un “sí pero no”, y un “no pero sí” un tanto angustioso que mantiene a la víctima en vilo, humillado y sin poder acabar de recomponerse, con la bofetada rondando sobre su cabeza como un moscardón. 

La gran diferencia entre amenazado y amagado es que este último tiene unas connotaciones mucho más tristes de infamia, de ultraje, de sometimiento. Algo muy en consonancia con la inconfundible y picaresca impotencia nacional.

Yo creo que esta es la palabra que mejor y con más ironía puede expresar cómo es el específico sentimiento de miedo al que nos tiene sometidos el sistema. Dicho en castizo: cada día estamos más amagados


13/7/25

Velahí

 


Hay  obviedades tan obvias que uno no las percibe. Por ejemplo, que los ‘sombreros’ se llaman así porque dan sombra, o que un ‘caldo’ se debe servir y tomar siempre caliente porque la propia palabra lo dice: caldeado, cálido, y si podemos llamar así a los vinos es porque en Roma el vino se tomaba caliente. Es también muy evidente que ‘puerto’ es el masculino de puerta, y es, en efecto, una puerta de entrada desde el mar, o una puerta de paso en la montaña. Y seguro que igualmente nos asombra comprobar que ‘ventana’ tiene absolutamente todo que ver con viento (incluso en inglés: wind-ow, antiguamente «ojo de viento») porque, como es sabido, no siempre las ventanas han tenido cristales. Hay muchísimos ejemplos de estas preciosas obviedades.

Quizá una mucho menos conocida, y menos reconocible, sea la traducción que propongo de la expresión francesa voilà, le voilà o la voilà, exclamaciones muy utilizadas en el país vecino, muy populares y de muy difícil traslación, porque se adaptan a muchas expresiones españolas y al mismo tiempo a ninguna de modo fijo: ahí está, esto es, ahí va, ahí lo tienes, he aquí... No es tan fácil adivinar cuál sería la más exacta expresión correspondiente en español, que sin embargo, si traducimos literalmente, aparece de inmediato: ‘velahí’. 

Velahí es una palabra que es seguro que los más jóvenes desconocen, pero yo la he oído (de niño) muchas veces, porque la utilizaban, también de forma corriente, mis tíos mayores y mis abuelos, todos extremeños. ‘Velahí’ es una contracción de ‘velo ahí’, que es literalmente lo mismo que dicen los franceses (vois là) y que también puede tener matices muy diversos.  El Diccionario de la Real Academia la define tan solo como una interjección poco usada «para dar por cierto o asegurar lo que se dice, a veces con resignación o indiferencia», una especie de «ahí lo tienes», y para ese uso está muy bien descrita. Pero igualmente, como en francés, la podría utilizar uno mismo para dar albricias porque por fin ha encontrado lo que buscaba, un centenario prestidigitador en el momento culminante de sus números de magia, o alguien para señalarte algo que tienes delante de las narices... Incluso, ya puestos, me encantaría verla escrita al final de las demostraciones matemáticas en los colegios, universidades o incluso en las más notables academias de ciencias, para indicar en un teorema que se ha llegado a la conclusión deseada, en lugar de la abreviatura q.e.d. del latinajo quod erat demostrandum (como queríamos demostrar). 

Por ejemplo, algo así como: «Velahí: queda demostrado que la suma de dos números pares siempre es par». ¿No sería estupendo? Sí, sí, tengo que proponer esta idea a la revista científica «Acta Mathematica». ¡Qué tanto inglés ni tanto inglés!


3/4/23

Género femenino arquetípico

 



El griego tiene muchos substantivos abstractos y da la posibilidad 
de formar nuevas palabras para expresar nuevas ideas.
Andrea Marcolongo

Un idioma será más rico a la hora de facilitar el desarrollo de ideas filosóficas, es decir, de comprender y explicar el mundo, en tanto en cuanto disponga de un mayor número de vocablos capaces, no solo de definir objetos y de narrar y dar detalle de acontecimientos concretos, sino de producir ideas generalizadoras, globalizadoras, conceptos con un más elevado nivel de abstracción, muy por encima de la acción. En español, la palabra ‘belleza’ expresa una cualidad perceptiva (por lo tanto un sentimiento) acerca de algo que nos resulta agradable de ver, fundamentalmente. En ese ‘nos’ de la frase anterior está la clave de la trascendencia que perseguimos los humanos para intentar pensar, en sentido filosófico. Para el diccionario de la RAE, trascender, en su cuarta acepción, significa “estar o ir más allá de algo”. Es decir, necesitamos trascender nuestra subjetividad, ir más allá de lo que percibimos como individuos, tratar de entender y de explicar qué sucede a nivel colectivo, y más allá de los límites del espacio y el tiempo en el que están sucediendo las cosas. Necesitamos establecer juicios globales, reflexiones que puedan comprender y explicar la realidad más allá de nuestra visión subjetiva. El propio Diccionario de la RAE, en la sexta acepción, lo explica claramente, citando a Kant. Trascender: “6. En el sistema kantiano, traspasar los límites de la experiencia posible.”

Para ello son precisos los poetas, los filósofos, los literatos. Hay que seguir “creando” conceptos. Los idiomas están vivos, y son como redes de conceptos que superponemos a la realidad, mapas que intentan describir el inconmensurable territorio del Universo, más detallados cuanto más afinadas sean nuestras percepciones y nuestra sensibilidad. Así un día se llegarán a levantar mapas de emociones, de cualidades y de atributos y de estados del alma... 

Por eso es absolutamente necesario disponer de esas herramientas generalistas, de esas palabras que tratan de darle nombre a las abstracciones, sin las cuales son imposibles las más básicas reflexiones acerca de la realidad. Si se han dicho y escrito, y si aún se deberán escribir tantas cosas sobre lo que es bello o no bello, más allá de las emociones individuales que produzcan un rostro, un paisaje o un objeto, es porque desde siempre los humanos hemos intentado trascender la experiencia particular posible. Siempre hemos ansiado establecer reflexiones que intenten definir la experiencia global o las características que posee lo bello más allá de las valoraciones personales, para ampliar el conocimiento acumulado acerca de ese concepto abstracto y sensible que denominamos ‘belleza’. Que, por cierto, ha nacido en un momento determinado de nuestra historia, y cuyo significante ha sufrido modificaciones a lo largo de los siglos hasta llegar a su forma actual.


Palabras más que definitorias

Han de ser palabras que, como hemos dicho, tengan la intención de contener no solo la enunciación o nominación consensuada de algún objeto del mundo que nos rodea —por ejemplo árbol, o mesa—, o de una acción —por ejemplo agarrar, dormir—, requisitos básicos e ineludibles para la conformación de un idioma, sino la expresión de una emoción, un sentimiento o una valoración con pretensiones de que sean asumidas por la colectividad de los hablantes, aunque, por ello mismo, por la dificultad que conlleva una tarea así, su significado profundo necesite e incluso exija ser permanentemente cuestionado. Ni la belleza, ni la justicia, ni siquiera la velocidad como concepto pueden definirse aún desde una supuesta e imposible objetividad.

Ya hace mucho que me sorprendió —viendo una película japonesa con subtítulos en español— el hecho de que, al parecer, todos los idiomas del mundo poseen un vocabulario capaz de expresar una mayoría de conceptos similares —lo que me permitía entender la trama de la película japonesa—. Se apenan o se preocupan en lo fundamental por los mismos problemas, se alegran por las mismas emociones..., independientemente de que en otros ámbitos específicos de su cultura, seguramente también importantes, que la antropología diferencial trata de estudiar, dispongan de valores y tradiciones muy diferentes. Sin embargo, por más coincidencias que existan, hay que afirmar taxativamente que en ningún idioma, o incluso en ninguno de los diferentes dialectos de un idioma, hay conceptos que puedan expresar exactamente lo mismo. En cada lengua, la etimología de cada palabra, su composición semántica, los sonidos de los fonemas que la componen, etc... expresan una inmensa variedad de matices diferentes. Y también hay idiomas que destacan un tipo de belleza u otra, o manifestaciones de la belleza que se recogen en un idioma pero no en otros (1). Por eso es tan importante que no desaparezca ninguno, porque con cada idioma que se extingue se pierden también infinidad de formas de percibir y de sentir el mundo. Pero además, y por último, ni siquiera la misma palabra del mismo idioma significa exactamente lo mismo para cada usuario de ese idioma. Las palabras no son ni podrán conformar nunca enunciados objetivos, como quería el primer Wittgenstein, intentando que solo pudiesen expresarse oraciones semánticamente biunívocas, como si fuesen ecuaciones matemáticas. 

Pues bien, en el siguiente artículo pretendo aproximarme a demostrar que esta categoría de vocablos capaces de trascender los géneros tradicionales y la acción en el espacio-tiempo, esta categoría que ansía alcanzar lo arquetípico (e ir acercándose al nivel de lo arcánico), es originariamente de un especial género femenino, género que debería tener un nombre. ¿Género femenino esencial? ¿Género femenino arquetípico? Es curioso que, por ejemplo en inglés, este tipo de términos globales, además de no poseer género, ni siquiera necesitan de artículo determinado: Beauty is subjective. La belleza es subjetiva. Literalmente: Belleza es subjetiva. Con ello se le da más importancia a la amplitud del concepto, y se hace honor a la idea de que estamos ante una clase de palabras que, como en español, rechazan por principio ser indeterminadas (¿una belleza?) por representar abstracciones, pero que además en inglés, para no perder su carácter universal, tampoco pueden llevar artículo determinado (The beauty... of Salomé sería ya UN tipo de belleza particular). Lo cual manifiesta que pertenecen a la categoría del máximo nivel de abstracción. Al Olimpo (2) de las palabras, como me gusta decir. 


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(1) Recuerdo a mi amigo Jesús Aparicio, cuando, entusiasmado, descubrió que había una expresión en griego clásico para nombrar “la belleza en cuanto a los brazos”. No puedo repetir la expresión porque la olvidé y, desgraciadamente, nunca he estudiado griego clásico.
(2) Aunque es una pura contradicción, pues las Diosas y los Titanes fueron derrotados por los Dioses del Olimpo. Sería un hipotético Olimpo de las Diosas, Olimpo femenino.

15/3/23

(1) Sobre lenguaje y sexismo






Masculino/femenino. El género femenino esencial

La profunda complementariedad de los géneros gramaticales

En primer lugar, hay que especificar que el uso del término ‘género’ está permitido en el campo lingüístico, pero no en el biológico, error cada vez más extendido (y que terminará por convertirse en norma, sobre todo a partir de su empleo en el ámbito sociológico). Es decir, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género) [0].

Sea como sea, aunque se acusa al lenguaje de sexista y de promover la superioridad del hombre sobre la mujer por muy diversos criterios, la acusación más relevante se dirige al uso del género masculino (ej.: los niños) no solo para referirse a los individuos de ese sexo, como ocurre con el género femenino (las niñas), sino también para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos (los niños vale, en su contexto, para los niños y las niñas). Y es especialmente relevante porque la casuística de esta discordancia es abundantísima. Aparece en todos los textos escritos, sean libros o prensa de cualquier época, y se escucha en la radio, en la TV, en las conversación en la calle, en las aulas, en los foros públicos y oficiales de todo tipo. «Todos han respondido maravillosamente. Todos son artistas espléndidos y amigos de mi madre», dice en un periódico el hijo de una famosa cantante hablando del homenaje que van a hacer a su madre músicos de ambos sexos.
 
Es muy complicado, y sostengo que innecesario, tener que citar los dos sexos permanentemente, porque, como veremos, se trata de un elemento estructural del idioma. Pero han aparecido innumerables propuestas para conseguirlo. De hecho, hay ya una gran cantidad de organizaciones, tanto públicas como privadas, que han creado y emplean en sus comunicaciones sus particulares lenguajes no sexistas o inclusivos, con diversos grados de radicalidad y de dificultad. La ONU ha redactado sus propias recomendaciones al personal de la organización para que empleen un lenguaje inclusivo en cuanto al género en sus seis idiomas oficiales, tanto oralmente como por escrito, en comunicaciones tanto formales como informales, con un público tanto interno como externo. 

La Real Academia Española (RAE en adelante), en un reciente y prolijo informe [1] , de más de 150 páginas, intenta poner paños calientes para suavizar el tono de su anterior negativa rotunda a tales experimentos, dada la avalancha de rechazos que suscitó y el enorme seguimiento de la crisis lingüística provocada. Pero la RAE, tras analizar mucho más diplomáticamente la viabilidad de las soluciones más imaginativas que han ido apareciendo —la mayoría de ellas, a pesar de todo, claramente inoperativas—, y aceptar algunas en un ejercicio de corrección política muy de nuestro tiempo [2], ha acabado diciendo lo mismo que decía antes, como no podía ser de otra manera.

Incluyo esta larga cita para mostrar cómo, aunque el tono haya cambiado, el fondo es el mismo:  
Hacerlo desaparecer [el masculino genérico] sería una empresa difícil y casi imposible, pues el género es un arquetipo conceptual, lógico, necesario en todas las estructuras mentales. La causa de tal condena, su relación directa con el androcentrismo cultural no es cierta.  (...) Vetar su uso es criminalizar una estructura gramatical inocua que ha representado todo un hallazgo de las lenguas romances y que ha venido funcionando como expresión aséptica durante siglos en su aplicación a personas y a animales.
El problema es que la RAE no aporta ninguna razón para intentar explicar por qué esto es así. ¿Por qué motivo ha de ser el masculino el genérico? ¿Por qué no el femenino? A propósito de esto, existe actualmente un partido político que utiliza en sus comunicados el femenino genérico, y en lo formal, en lo gramatical, resulta perfectamente viable. Incluso lo exhibe en el nombre del partido: Unidas Podemos, que, se sobreentiende, incluye también a los hombres. ¿Por qué no ha sido así a lo largo de la historia? ¿Por androcentrismo únicamente?

La primera reflexión sería cuestionarse si puede ser tan manipulable un idioma. No digo el código morse, el lenguaje de programación JavaScript, el código de banderas náuticas... ¿Se puede alterar a conveniencia y de un año para otro un importante elemento estructural de una lengua? Nuestra lengua tiene miles de años de antigüedad, ni siquiera sabemos cómo nació, es la forma de entenderse de una gran parte de la raza humana, no posee una estructura lógica conocida, o tiene tantas que hay que ir poco a poco descubriendo... ¿Podemos atrevernos de detectar sus “errores” para poder reformarlo, actualizarlo, enmendarlo, desde esa resolutiva actitud de usuarios con derechos, como si se tratase de los estatutos de un club social? Ni las veinticuatro Academias de la Lengua Español repartidas por el mundo, muchas de las cuales llevan más de un siglo investigándolo con profundo respeto, ni los (y las[3] novelistas, poetas, dramaturgos, traductores o impresores, que trabajan a fondo con él, y del que cada día aprenden algo nuevo, han sentido nunca la necesidad de corregir la estructura del idioma, o, mejor dicho, en este caso de todos los idiomas del mundo. La exigencia no ha surgido por motivos lingüísticos en relación a un idioma, sino desde instancias políticas internacionales, con la pretensión de abarcar a todos los idiomas. 

Pero las lenguas —advierte Álex Grijelmo, como un principio fundamental— «no se modifican ni construyen desde arriba (ya se trate de los medios de comunicación, la administración pública, la enseñanza o la política), sino por abajo: entre la gente».[4] Y nadie me puede hacer creer que un movimiento político, o un partido es “la gente”, aunque esa sea su pretensión. 
Es, por tanto, necesario y urgente investigar las razones por las cuales el género masculino es la forma no marcada o inclusiva. 

Hipótesis

Por mi parte me atrevo a formular la hipótesis de que el género femenino, al menos en las lenguas romances, estuvo reservado desde sus orígenes para los conceptos abstractos, más intangibles, más categóricos —lo que yo llamo la esencia, o también el Olimpo [5] de las palabras—, en tanto que el género masculino se aplicaría al sujeto agente, tanto de forma colectiva, como individual, es decir, al elemento activo en el mundo de lo fenoménico, lo más próximo a la acción definida por el verbo. Y ambos géneros serían perfectamente complementarios. Es muy importante recalcar que en la actualidad solo podemos hallar en nuestros idiomas vestigios, aunque en muchos casos bastante representativos, de ese hipotético ordenamiento neurolingüístico surgido en la oscura noche de los tiempos, cuando el ser humano comenzó a hablar.

Tenemos todavía infinidad de sustantivos femeninos que al cambiar de género muestran nítidamente esta idea: la banca :: el banco; la marina :: el marino; la calvicie :: el calvo; la música :: el músico; la juventud :: el joven... 

Palabras de un género femenino especial que no solo constituyen conceptos en su más alto grado de abstracción, sino que representan la esencia, la sustancia semántica de la que está hecho el sustantivo [6] correspondiente en género masculino. Con la envidia :: el envidioso (vale también el plural: los envidiosos) el masculino representa tanto el colectivo universal como el individuo concreto del mundo real (hombre o mujer) que porta en su seno la esencia significativa de la envidia (femenino). Dicho de otro modo: la envidia es el componente esencial del envidioso, como categoría con género indefinido, no significativo, del ente global activo. Sin embargo, es importante recalcar que, si es necesario descender a lo circunstancial de la acción y al sujeto particular, puede escribirse en masculino o en femenino. Con el adjetivo que surge de ambos, envidioso-a, no hay ningún problema, se adapta al género del sustantivo.
ESENCIA: «La envidia es una declaración de inferioridad». (Género femenino esencial).
ENTE o SER: «El envidioso se siente en inferioridad». (Masculino genérico en singular). Representa a los dos géneros, y por ello es el elemento en fricción para el lenguaje inclusivo.
- «Los envidiosos se sienten en inferioridad». (Masculino genérico en plural). Representa a los dos géneros, y por ello es el elemento en fricción para el lenguaje inclusivo.
ESTADO: «Carlos es un envidioso». «Ana es una envidiosa». (Sustantivo masculino o femenino particular). «Carlos es un hombre envidioso». «Ana es una mujer envidiosa». (Adjetivo masculino o femenino).

ESENCIA: «La música es la poesía del aire». (Femenino esencial). 
ENTE o SER: «El músico es como un mago». (Masculino genérico en singular, para ambos sexos). Conflictivo.
- «Los músicos son seres especiales». (Masculino genérico en plural, para ambos sexos). Conflictivo.  
ESTADO: «Carlos es músico». «Ana es música». (Masculino o femenino particular).
Desde el punto de vista neurolingúístico sabemos que, al hablar, en nuestro cerebro se establecen oposiciones significativas en diferentes grados de abstracción. Esta hipótesis afirma que en un nivel de abstracción superior a aquel en que se produce la necesidad de diferenciación de identidad sexual, en un plano de significación más allá del uso de los sujetos particulares, e incluso de la acción, está dispuesto desde tiempos inmemoriales que aquello que corresponde al establecimiento de la máxima categoría de abstracción, al fundamento semántico, tendría el género femenino como norma, en tanto que lo particular, lo concreto, lo específico (el espécimen) de cualquiera de estas categorías se expresaría de forma global en género masculino. 

Podríamos decir, pues, que el género femenino es el principal elemento formante para el establecimiento de las categorías de máximo nivel de abstracción, para los conceptos puros. En nuestra mente, adjuntándole los sufijos apropiados, el rasgo de feminidad aporta directamente a toda raíz genérica de uso cotidiano, ya sea verbal (reír :: la risa), nominal (el poder :: la potencia) o adjetival (blanco :: la blancura), connotaciones de rango superior en cuanto a abstracción; cosa que la misma raíz adaptada a lo masculino nunca podrá contener en tan alto grado. Y así, cuando al hablar tenemos que encontrar en milisegundos la idea más arquetípica, menos impregnada de temporalidad y contingencia, el concepto más sublimado (moralmente positivo o negativo, eso no importa), dirigimos nuestra búsqueda a la red de conexiones significantes de lo femenino, reduciendo así en un cincuenta por ciento el campo semántico, guiados hacia el instantáneo chispazo neuronal del encuentro sensitivo-racional en la palabra, por territorios de sonidos más abiertos que cerrados, más esencias que entes, más expansivos que restringidos, más aparentemente inalterables que dinámicos, más Aes que Oes. Por ejemplo: LA niñez.

De forma complementaria, el ente específico que ha segregado dicho concepto abstracto, como sujeto particularizado (pero aún genérico), actuante global, terrenal (aunque no personalizado aún), lo que entendemos por el nombre común asociado, tanto en singular como en plural, podemos más cómodamente rastrearlo en la mitad de nuestro corpus léxico correspondiente a lo masculino, y así lo expresamos diferencialmente. Por ejemplo: LOS niños (ellos y ellas). Yo propongo que ésa es la razón por la que para el español la norma establece que «el género masculino es la forma no marcada o inclusiva». O sea, «cuando hay referencias genéricas o colectivas a seres humanos basta el masculino para designar los dos sexos» [7]. En tanto que el sexo femenino, que es la forma marcada, hay que especificarlo. Ejemplo: LAS niñas (solamente ellas).

Dicho de otra forma: en el grado de las categorías tenemos el continente (ej.: «Necesitamos leyes para la protección integral de la niñez»), y el contenido global (ej.: «Debemos denunciar toda vulneración de los derechos del niño.») En este nivel el sujeto puede ir también en plural, con el mismo carácter colectivo (ej.: «El derecho a la educación de los niños»). En el funcionamiento de nuestro logos, para hablar, seguramente hemos necesitado este tipo de organización psicolingüística, esa clase de operación mental, sencilla y rápida, basada en el reparto de funciones, para establecer afirmaciones genéricas, no hechos particulares: lo femenino para el continente, la esencia, lo inmanente, lo intemporal e indefinido, lo intangible; lo masculino para el ente, el contenido, el modo circunstancial.
la infancia, la niñez, la pubertad, la muchachada, la adolescencia, la mocedad, la juventud, la adultez, la madurez, la vejez, la ancianidad, la senectud, la longevidad...

el infante y los infantes, los niños, los púberes, los muchachos, los adolescentes, los mozos, los jóvenes, los adultos, los maduros, los viejos, los ancianos, los senes, los longevos...

Después, cuando necesitamos especificar si se trata de niños o niñas, es decir, para los casos particulares, para el estado de las cosas, en un tercer grado de abstracción, tenemos a nuestra disposición los géneros (ej.: «Las niñas afganas están ávidas de educación»), tanto en artículos, como en sustantivos y adjetivos. Aunque, por la norma anterior, para el masculino hay que especificar para no confundir el caso concreto con el nombre colectivo (ej.: «La ley del más fuerte importa más a los niños varones»).

No se trata de establecer ningún tipo de jerarquía que otorgue más importancia o valor a unas características semánticas que a otras en razón del género gramatical, por supuesto, porque ese tipo de consideraciones en un sistema tan complejo como el lenguaje carece de sentido. Como se puede ver, aquí lo femenino posee una función clara, la de referencia absoluta en lo abstracto, y la labor del masculino, como espécimen actuante en lo concreto, es perfectamente complementaria. Aún más, concuerda de manera precisa y preciosa con el reparto de características que observamos en el universo de lo fenomenológico, compuesto desde sus elementos constitutivos por dos fuerzas que se oponen y se complementan: el electrón y el protón, el – y el +, lo femenino y lo masculino (donde los sexos son sólo un exponente más), el yin y el yang de la filosofía oriental, la tesis y la antítesis de la occidental, el trigrama kun y el trigrama ch’ien en el I Ching o Libro de las Mutaciones... Lo femenino es receptivo, abierto, ilimitado; lo masculino activo, definido, concreto... Más evidentemente aún, en términos biológicos: en los mamíferos, lo femenino es el contenedor de los especímenes que van a nacer, tanto masculinos como femeninos. El sexo femenino, la hembra, acoge en su seno el acto de la fecundación (primer nacimiento) y alberga dentro de sí, alimenta y comparte plenamente su vida con el nuevo ser en el posterior desarrollo embrionario, es decir, desde esa primera célula fertilizada hasta el nacimiento al aire (el parto), y después del parto hasta el nacimiento a la vida terrenal autónoma (el destete). La “esencia” de la que estamos hechos es femenina.

Recordemos que los conceptos abstractos [8], como bien expresa la RAE, son los que describen cualidades sin hacer referencia a cómo las experimenta o percibe una persona en particular. No se centran en la experiencia subjetiva o personal, sino que tratan de explicar dicha cualidad en términos objetivos o universales, sin tener en cuenta quién la esté experimentando. 

Se trata de palabras que poseen la intención de contener algo más —mucho más— que la mera enunciación o nominación consensuada de los objetos del mundo que nos rodea: árbol, mesa..., o de las acciones: agarrar, dormir..., elementos básicos e ineludibles éstos para la conformación de un idioma mínimamente útil, necesario para la vida en comunidad. Pero como especie evolucionada y evolutiva, necesitamos también disponer de palabras capaces de expresar emociones, sentimientos o valoraciones más allá de la mera descripción de los seres que pueblan el universo o de los objetos que podamos crear y utilizar. Necesitamos palabras que nos inciten, cada vez que las pronunciemos, a confrontarlas con nuestras propias emociones, sentimientos o valoraciones, pero con la fundamental pretensión y subyacente responsabilidad de que sean asumidas por la colectividad de los hablantes de nuestro idioma. En este tipo de vocablos que trascienden [9] la limitada amplitud espacio-temporal, que van más allá de la mera definición, está la incitación al cuestionamiento filosófico, el germen de un potencial acto de conocimiento superador o, mejor dicho, integrador de lo dual en lo trinitario. En los conceptos abstractos está la esencia de lo femenino. Y, desde los orígenes del lenguaje, debieron ser de género femenino. 

Ya sabemos, claro, que el uso que hacemos de las palabras en el día a día, por muy abstracto que sea lo que nombren, es infinitamente menos especulativo, más pragmático que el empleo que en apariencia estamos dándole aquí. Utilizamos constantemente frases del tipo: «Haz fuerza para abrirlo», «tuve una niñez muy feliz», «dime la verdad»..., donde ‘fuerza’, ‘niñez’ y ‘verdad’ no están expresando, ni lo pretenden, su más alto grado de categorización posible, sino que participan igualmente de lo concreto y lo circunstancial de la acción, que puede ser de lo más trivial. Ello no les quita el más mínimo ápice de trascendencia como portadoras de los significados más universales y profundos, que los humanos nunca dejaremos de indagar. 

Los sonidos

Estudiemos desde la fonosemántica las vocales A y O, definidoras en castellano de los dos géneros. El sonido de la A, formador del femenino en los sustantivos del idioma español, hace referencia a lo abierto, a lo grande, a lo total, a lo majestuoso. Y a la sorpresa por el exceso de abundancia, de grandeza. A lo receptivo, a lo acogedor, a lo inmenso. El sonido A es el más primario y sencillo de todos los que podemos generar con la voz, y de manera francamente amplia, abierta sin límite...

La O produce un sonido oscuro, opaco, bajo, contenido, cerrado, poco sutil, quieto, sólido. Pero representa de algún modo también el reino de lo cotidiano, lo rotundo (redondo), lo definido, lo objetivable. El objeto, el modo, el proceso. Es claramente un sonido yang, activo, engendrador, realizador, lógico, y complejo. Es el mundo de la realidad, el todo, pero un todo paradójicamente no completo (aunque la O tenga esa pretensión), no global, sino acumulativo, agregación de cada una de sus infinitas partes. En español es un sonido masculino, evidentemente. 

El idioma porta esta sabiduría en su seno, igualmente palpable en el ejemplo más abstracto que podemos imaginar, y que, por tanto, estamos utilizando aquí como modelo: si tenemos el verbo SER, el agente [10] de ese verbo es EL ENTE [11] , o EL SER como sustantivo, ambos de género masculino. Pero, aunque parezca imposible un más alto nivel, todavía reina, por encima de este, el concepto madre, el más etéreo y absoluto posible, la sustancia que conforma al ser: LA ESENCIA [12], y ésta es del género femenino. 
LA esencia/EL ente 
LA esencia/EL ser
En el poema XXXIII del Tao Te King, uno de los más antiguos textos conocidos, atribuido a Lao Tse, hay dos versos que expresan perfectamente las funciones del masculino agente y del femenino esencial respectivamente:
El que vence a los demás es fuerte. 
El que se vence a sí mismo es la fuerza.

 

Una vida para investigar

No creo casual, por ejemplo, que el femenino sea casi en exclusividad el género de todas las Ciencias clásicas y no tan clásicas, así como de sus múltiples ramas: la física (la mecánica, la termodinámica, la f. cuántica, la astronomía...), la biología (la citología, la histología, la anatomía, la bioquímica, la fisiología...), la filosofía (la lógica, la ética, la estética, la metafísica...), la retórica, la geografía, la matemática, la química, la medicina, la geología, la antropología, la economía... Hasta las más modernas: la numismática, la egiptología, la estadística, la epistemología, la genética, la informática... Y entre ellas, sin excepción, aquellas conformadas por sufijos del tipo: -METRÍA, -LOGÍA, -GRAFÍA, -LATRÍA, -TROPÍA, -SOFÍA, -NOMÍA...

Igualmente ocurre con las Artes: la poesía o la poética, la música, la pintura, la arquitectura, la literatura, la escultura, la dramática o dramaturgia (el teatro es el lugar donde se desarrolla), la retórica, la fotografía, la cinematografía...

Instituciones políticas y sociales: la administración, la organización, la educación (la instrucción, la enseñanza, la tutoría, la didáctica, la pedagogía, la docencia, la divulgación...), la cultura, la sanidad, la universidad, la banca, la religión, la legislación, la judicatura, la policía, la milicia...

Formas de gobierno: la aristocracia, la monarquía, la república, la teocracia, la tiranía, la anarquía, la oligarquía, la democracia...

Emociones humanas, categorías de estados de cualidades y sentimientos arquetípicos, de potencialidades..., (incluidos los clásicos pecados y las virtudes: la envidia, la lujuria, la ira... la prudencia, la justicia, la templanza...), la tristeza, la paciencia, la angustia, la esperanza, la melancolía, la fe, la vergüenza, la disciplina, la apatía, la serenidad, la camaradería... 

Identificación por sufijos 
Son del género femenino los más de 1.700 términos diversísimos acabados en -ÍA o en -IA, relacionados con todo tipo de sustantivos y adjetivos: la villanía, la falacia, la miseria, la poligamia, la enciclopedia, la comedia, la alegría..., incluidos muchos nombres de los más clásicos territorios y países: Galicia, Iberia, Alemania, Hungría, Eslovaquia...  
Desglosándolos, tenemos en esta categoría todos los acabados en –ICIA (nombres abstractos y de cualidad o de acción): la pericia, la codicia, la estulticia; más los que dan idea de colectivo acabados en -LIA: la familia, la Biblia (conjunto de libros), la filatelia...; más los 721 terminados en -ERÍA, formante de nombres abstractos de abundancia, cualidad, conjunto o lugar donde está, se hace o se vende: la palabrería, la galantería, la conserjería... y los establecimientos públicos: la zapatería, la carpintería, la cafetería...); más los que llevan el sufijo -NCIA (532) para formar nombres de acción o de actitud: la abstinencia, la agencia, la anuencia, la benevolencia, la docencia, la elegancia, la apariencia, la insolencia, la procedencia, la violencia, la distancia..., cargo o dignidad: la presidencia, la regencia..., o nombres de cualidad: la prudencia, la correspondencia, la vivencia...; o acabados en la variante -ANZA (127): la confianza, la enseñanza..., o de conjunto: la mezcolanza. Incluyamos los acabados en -DURÍA, aunque solo sean nombres de acción, de lugar en que se hace, de empleo...: la pagaduría, la teneduría, la curtiduría, la freiduría...
Los más de 1.000 acabados en -AD, para categorización de nombres y adjetivos: la normalidad, la ebriedad, la amistad, la bondad y la maldad, la verdad... la dificultad, la libertad, la potestad... 
Los más de 400 acabados en -EZ o en -EZA:  la absurdez, la rigidez, la grandeza... (genéricos de adjetivos) 
Los numerosísimos nombres de acción (2.600) terminados en el sufijo -IÓN, es decir, relacionados con la categorización de verbos: la cicatrización, la consolidación, la alimentación, la penalización, la composición, la estabilización... Entre ellos los términos de dignidad o cargo, designando impersonalmente a quienes los desempeñan: la inspección, la representación, la dirección, la legación, o de lugar donde se realiza determinada actividad: la fundición... 
Más de 800 términos acabados en -URA con el que se forman artes, actividades prototípicas, formas organizativas, cualidades: la pintura, la agricultura, la hermosura, la estructura...; nombres genéricos de cosa hecha: la confitura; o de utilidad... la abreviatura, la envoltura...; globales de verbos: la andadura, la añadidura, la hechura..., nombres de efecto, de utensilio, de residuos, o de verbos hipotéticos: la metedura, la barredura, la botonadura. 
-MENTA o -MIENTA: nombres que designan conjunto o clase: la vestimenta, la cornamenta, la impedimenta, la herramienta... 
-INA: muchos son nombres de relación: la marina, la rutina, la disciplina (de donde procede discípulo) ..., o equivalen a serialidad: la cachetina, la azotaina, la degollina...; o de insistencia o intensidad: la regañina, la corajina... 
Nombres terminados en -UD: la senectud, la longitud, la salud... Hay 61. 
Nombres que acaban en -UMBRE: la costumbre, la lumbre, la cumbre, la reciedumbre... (29) 
Los terminados en -NZA: la tardanza, la enseñanza... 
Terminados en -DAD: comodidad, unidad, entidad...

Falsas esencias masculinas

Afrontemos ahora la negación de esta hipótesis: ¿Existen palabras con género masculino que cumplen también la función que creemos reservada al género femenino, es decir, de máximo nivel de abstracción, capaces de contener la esencia del concepto? Aparentemente sí, muchas. A mi parecer, solo de manera intuitiva, sospecho que, al ser esta ley que propongo de origen ancestral, la evolución de la lengua (sin descartar la lógica influencia de milenios de patriarcado), debe de haber ido sustituyendo un buen número de expresiones femeninas por otras de género masculino, dejando caer a aquellas en el olvido más remoto. He buscado algunos términos en masculino de un alto grado de abstracción, sin que, en principio, se pueden hallar otras en femenino más elevadas:
El espacio, el aire, el mundo, el silencio, el cielo...
Son, evidentemente, vocablos absolutamente fundamentales. Si, de forma espontánea y casi instintiva, intentamos buscar en lo femenino su ascendiente matriz, su fundamento semántico, la palabra capaz de trasmitir su esencia, veremos que no existe: la espaciosía (¿la espaciosidad?), la airedumbre, la mundez, la mundanía, la silenciedad... (¿silenciosidad?)  Y, por ello mismo, ¿no nos parecen estos tan elevados masculinos, algo más cosas, más entes, por muy inmensos e inalcanzables que sean? No parece que contengan el aura de esencialidad de lo femenino, no son causa, son efecto.
 
Buscando, sin embargo, hay veces que podemos llevarnos sorpresas, unas más previsibles que otras: 
el suplicio - la súplica 
el dominio - la dominación o la dominancia 
el miedo - la pavura (ant.) 
el concepto - la concepción 
el fundamento - la fundamentación 
el castigo - la damnación (ant.) 
el poder - la potencia 
el calentamiento - la calura (ant.)
el calor - la calor 
el sueño - la somnolencia y la ensoñación 
el cariño - la caricia
el valiente - la valor (ant.) 
el conocimiento – la conciencia (?) 
el mandamiento – la (co)mandancia 
el placer - la placidez
el rigor - la rigurosidad
el campo - la campaña, la campa
el delito - la delincuencia
el fuego – la hoguera, la foguera (ant.) (la fogosidad ? no)
el movimiento - la movilidad
el perdón - la misericordia, la gracia, la indulgencia, la absolución, la amnistía...
el consejo – la conseja
el odio - ? la haine (fr.) (la) rancor (ant.)
etc, etc, etc.
 

El artículo neutro

Hay además otra forma lingüística de denominar lo genérico, tanto de sustantivos como de adjetivos y verbos: mediante el artículo neutro ‘lo’. Sin embargo no se puede afirmar que lo que definen haga referencia al máximo nivel de abstracción, al concepto universal e intemporal portador de su esencia semántica. Es muy utilizado; tanto que, sin haberlo previsto, acabo de escribir, curiosamente, dos ejemplos en este mismo párrafo: ‘lo genérico’ y ‘lo que definen’, y, como vemos, sí están haciendo referencia a aspectos globales, a categorías, pero limitadas a casos particulares, asociados al momento y a las circunstancias de lo que se está hablando, sin excluir al sujeto [13]. Veamos algunos otros ejemplos de utilización:

· De sustantivos. Cuando proceden de sustantivos masculinos parecen ofrecer una alternativa al femenino esencial: El espacio <> lo espacioso; el aire <> lo aéreo; el mundo <> lo mundano; el silencio <> lo silencioso; el cielo <> lo celeste... Sin embargo, dado que también se emplea a partir de sustantivos femeninos, podemos cómodamente percibir cómo estos “términos neutros” ofrecen tan solo matices, aspectos, componentes sin definir de la rotunda abstracción del femenino, puesto que en realidad se han convertido en una especie de sustantivación de adjetivos.
La gloria <> lo glorioso; la vejez <> lo viejo; la alegría <> lo alegre; la sustancia <> lo sustancial; la verdad <> lo verdadero; la fantasía <> lo fantástico...
Aunque sea admisible que en el habla y en los textos cotidianos haya ocasiones en que pueden resultar intercambiables, no son en absoluto equiparables, en razón de la eventualidad y de la limitación del nivel de abstracción que tiene el neutro (como corresponde a un adjetivo), y a la intemporalidad, el alcance y la esencialidad que lleva en su seno el sustantivo femenino.

· De adjetivos: lo dificultoso, lo sarcástico, lo bueno, lo mortal...

· De verbos: lo callado, lo envidiable, lo disponible, lo estipulado, lo estipulable, lo dominador, lo dominante...

Sufijos masculinos

Vamos ahora a recurrir de nuevo a la gramática para localizar casos que nieguen la hipótesis. Y, atendiendo a los sufijos, como generadores de conjuntos de términos con una función común, al igual que hicimos con las palabras femeninas, no hemos encontrado casos que la contradigan. Los más dudosos, como por ejemplo los denominados nombres de acción en masculino, fundamentalmente los que terminan en -MIENTO (más de 1.200), que puede parecer que denotan conceptos genéricos, en realidad representan un proceso, es decir, la expresión pura de la actividad que indica el verbo del que proceden. Están en un nivel de abstracción más próximo al de la acción, impregnados de su dinamismo debido a su mayor cercanía al momento en que transcurre el hecho o el suceso que se cuenta. Para mí son una especie de “cristalización” o representación nominal del gerundio.

Se percibe muy bien esta diferencia cuando estudiamos casos en que disponemos de las dos variantes, la masculina y la femenina. Por ejemplo:
El poblamiento es la acción de poblar un lugar específico, mientras que la población es el acto genérico de poblar, en abstracto, aunque haya después derivado también a significar el lugar ya poblado, en todo caso lejano en el tiempo a la acción o, mejor dicho, independiente de ella.
el recibimiento / la recepción
Aquí sucede algo semejante. El primero hace referencia a un proceso, en cambio la segunda es ya un concepto puro, que más modernamente, como sustantivo más terrenal, significa una acción acabada (una vez que se haya recibido lo que sea), o una dependencia, o una ceremonia, o una fiesta de etiqueta.
el profanamiento / la profanación
Ídem. Profanamiento es el acto, profanación la noción en toda su potencia. Hay en la segunda una mayor abstracción.

Donde más claramente se comprueba es en:
el (a)justiciamiento [14] / la justicia 
¿Pero qué decir de otros lemas aparentemente autónomos y sin formas categóricas superiores que encontramos solo en masculino, como por ejemplo el pensamiento
el pensamiento / ?
No tenemos en castellano una palabra femenina para el concepto prototípico de ‘pensar’. Así y todo, ‘el pensamiento’, aunque también se utilice corrientemente como representación autónoma e impersonal de la idea, (como en “el pensamiento occidental”), mantiene en su sonido las características subjetivas y contingentes, las connotaciones de dinamismo que evoca el sufijo -miento. El francés sí tiene ese nombre abstracto femenino (la pensée), y en sefardí ‘el pensamiento’ se dice la pensada [15]. Luego, es probable que en castellano antiguo se utilizase también la pensada, aunque no sabemos por qué ha desaparecido.
el pensamiento – la pensada



[0] «Diccionario panhispánico de dudas».
[1] «Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo», 2020
[2] El diccionario de la RAE (DRAE) incluye ahora ‘presidenta’ como ‘mujer que preside’. La terminación ‘ente’ denota la capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, y no permite el uso del femenino. ‘Capilla ardiente’ no puede transformarse en ‘capilla ardienta’, aunque ‘capilla’ sea femenino.
[3] Quiero recalcarlo.
[4] «Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo». Álex Grijelmo, 2019
[5] Aunque, curiosamente, los dioses Olímpicos (Zeus, etc...), dioses patriarcales, fueron los que aplastaron a las Diosas y a los Titanes. 
[6] Así, es perfectamente comprensible el significado del término ‘sustantivo’.
[7] Manuel Alvar. «Introducción a la lingüística española». Ed. Ariel. Barcelona, 2.000
[8] Abstracto - a: «Que significa alguna cualidad con exclusión del sujeto».
[9] Trascender: «6. En el sistema kantiano, traspasar los límites de la experiencia posible.» DRAE
[10] Agente: «El que obra o tiene capacidad de obrar». Etimología de ‘agente’: es la suma del verbo “agere”, que significa “actuar”, y el sufijo “-nte”, que se usa para indicar al responsable de la acción.
[11] Ente: «Lo que es, existe o puede existir»
[12] Esencia: «Aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas»
[13] «Algunos gramáticos actuales apoyan el análisis clásico de Andrés Bello, según el cual el artículo neutro es en realidad un pronombre neutro (lo bueno significa aproximadamente ‘las cosas buenas’...» (RAE. Artículo neutro). No hace referencia directa a la bondad.
[14] Justiciamiento y justiciar son términos antiguos que todavía se usan en Latinoamérica.
[15] Cita: «Sus ovras orientaron la evolusion de la pensada en el Oksidente» (hablando de Avisena, Farabi, Averroes y otros filósofos). http://www.esefarad.com/?p=20080

por Miguel Ángel Mendo

Reflexiones y ocurrencias sobre el idioma (español).